viernes, 16 de agosto de 2013

Fernando hijodeputa.

Era otro descanso intenso, intenso porque siempre lo pasaba solo, con un café solo y la mayor parte de las veces se me pasaba volando. Me preguntaba por qué la gente en España andaba con vasos de plástico o con esos vasos que no son cartón, pero tampoco plástico. Bueno, me preguntaba por qué a la gente no le gustaba tanto el café, como a mi, y por qué por la calle no había personas de un lado para otro con grandes vasos, bebiendo café como los americanos. También me preguntaba cómo cojones se llamaba la plaza donde siempre iba a descansar pero de la que nunca me preguntaba el nombre, Plaza señora del Carmen, o nuestra, o no sé muy bien si tiene determinante posesivo. También me preguntaba si la rubia, con esos pantaloncitos, sí, la que nunca me mira pero que un día nos saludó, iba a salir también a descansar y hablaríamos o se tomaría el café conmigo. Ese día no llevaba las gafas, y mi vista no alcanzó para ver si también ella salió de la biblioteca. También, cómo no, me preguntaba el sentido de mis pesadillas, y por qué seguía recordando a la ex. No tengo que exagerar, no solían ser pesadillas, pero ella era la protagonista, y siempre ganaba. Busqué comparaciones, si alguna vez me había pasado algo así (por supuesto que no), si conocía a alguien que sufrió un caso similar (por supuesto que no), y finalmente llegaba a cuestionarme seriamente si hice bien todo lo que hice. Era curioso, tendía a sentirme cada vez más culpable de todos los enfrentamientos que tuvimos, y paradójicamente, me arrepentía de no haber sido otra persona, una persona más sensible y cercana. Supongo que preguntarse no está mal, pero siempre acabo preguntándome el por qué y el significado de las cuestiones mismas, del origen de las dudas. Siempre que hacía eso me acordaba de las infinitas tortugas gigantes que soportaban la tierra hacía siglos, según no sé qué griego: cada pregunta era una tortuga más, o meno, un nivel superior o inferior. A medida que conocía una tortuga nueva, sentía que crecía mi ansiedad: llegar a una tortuga nueva implicaba haber encontrado respuesta a la pregunta anterior, sana o no, coherente o no, justificada o no, deseada o no. Gracias a Dios, estaba llegando a un nivel nada sano en menos de cinco minutos y alcé a tener otra crisis de identidad, de existencia, y de culpabilidad justo cuando llegó un viejo con zapatos rojos, gafas de sol, una bolsa llena de medicamentos y fumador. Murmuró un "hola", y yo contesté con un qué tal señor, buena mañana. "Vengo de buscar mis medicamentos, otro día más". Vaya, es lo que a cada uno le toca. "¿Tú que tal? tienes mala cara". La gente mayor, aunque no tenga estudios o cualquier mierda que tanto valor le da la gente hoy en día, siempre saben mucho más que yo. Estoy bien, he tenido varios días pesadillas y creo que me cuestiono demasiado las cosas. El viejo, gracias a Dios, no hizo ninguna analogía con su vida, ni trato de comparar situaciones. Comencé a explicarle mis dudas, como si fuera mi padre o mi hermano (creo que la gente pide consejo a sus hermanos o padres). En ese momento, quizá cuando el viejo iba a darme un consejo memorable apareció una joven, nada preciosa, aunque desprendía bondad y parecía buena persona y me preguntó si había visto a un hombre con mochila. Yo mismo me pregunté si había visto a algún hombre, quizá con gafas de sol, de unos cincuenta años, con botas de montaña, una mochila de unos cincuenta quilos de color verde, mirando de lado a lado y buscando algo o a alguien. Fue la pregunta más estúpida y absurda que me habían hecho esa semana. Le contesté ¿un hombre? no lo siento. La respuesta fue más absurda todavía. La chica echó a correr hacia Independencia, y eso hizo que despertase y saliese de mi burbuja: el hombre estaba ahí, pero ni siquiera le devolví el saludo cuando se sentó en el mismo banco. Había estado cerca de diez minutos construyendo una conversación con un viejo que tenía un tic en la pierna y no dejaba de moverla, en cualquier momento iba a salir corriendo. Fui consciente que esa absurda, tonta y corta respuesta fueron las primeras palabras que pronuncié desde hacía tres días. También fui consciente que esa pregunta, y esa respuesta era mucho más importantes que las que me hacía yo mismo. En aquel momento sentí, y ahora también siento, una increíble curiosidad por saber que habría contestado el viejo ante mi discurso, cuan útil hubiera sido su consejo, o si una vez consciente de que no mantuve conversación alguna habría seguido o no el consejo que mi mente enferma me habría lanzado. Me pregunto si el viejo se llamaba Kerouac o Miller, Bukowski o Palahniuk, Houellebecq o Soprano, Guillermo, Carlos o Ignacio. Como digo, los descansos intensos siempre acompañados de café. Regresé a la biblioteca y la rubia no estaba, quizá saliese con la idea de echar un café y no me vio, o quizá simplemente salió independientemente de que yo hubiera salido o no. No sé por qué si haciéndome preguntas que no sé contestar o no sé la respuesta: un comportamiento infantil no solucionar las cosas de manera adecuada. Tengo que preguntar a personas inteligentes para que me resuelvan las dudas.