martes, 31 de diciembre de 2013

Nunca he querido ser como él, pero hoy lo sería por unos minutos.

Y ese piloto alemán está preguntando si puede morirse el último día de este año, quizá impaciente por empezar el próximo año mejor que como acabó, o curioso por lo que pueda pasar. Las enfermeras entran con sus artilugios, sus faldas, con la seguridad de que hoy son demasiado bonitas para una muerte, con sus jeringuillas embolsadas, sacos de suero, y otra vez con la falsa idea de que ellas son responsables de la muerte o vida de este, y ya viejo, piloto. Los periodistas suponen y verifican, con liosos estudios e incoherentes conclusiones que el piloto viajaba a gran velocidad, que el terreno no era ni mucho menos adecuado, y que los núcleos de Urano y Neptuno, los planetas más azules de los que jamás estaremos tan cerca, se alinearon. Demos gracias que eran Urano y Neptuno, y no los rojos de Marte y creo que Júpiter: hubiera sido desastroso. El famoso piloto alemán ha sido el caso más sonado, pero otras tantas personas han sufrido (o mejor dicho, hemos sufrido) accidentes similares o peores: Shira, la perra de mi madre, llora todo el día, sufre pinchazos en su delicada espalda; a la novia de mi hermano le clavaron un puñal tantas veces como horas tiene medio día, pero las sufrió de madrugada; a mi se me olvidó bajar la basura y mañana es fiesta. Otras tantas personas de las que ahora no puedo hablar sufrieron de manera mucho más directa haber pertenecido durante unos instantes a dicha recta interestelar. La solución para los que sufrimos estas vicisitudes es dormir, cargar nuestra energía, recordar las duchas de las que hablaba Bukowski, tomar la eterna autopista de Cortázar, con Moriarty, y organizar nuestro reino entre coches atascados y gente nerviosa por desaprovechar su estimado tiempo. El piloto alemán, como cualquier persona que no sea piloto ni alemán, morirá un día de estos, pero prefiere hacerlo hoy para empezar bien el año. Puedo opinar lo mismo.