martes, 6 de enero de 2015
Resaca prefiesta.
No voy a ir a clases de baile, no voy a profesionalizar mis pasos, no voy a presumir de saber bailar, no voy a compararme con tu profesor, voy a seguir borracho haciendo "la uve", voy a clavar los pies y a tensar las rodillas y a mover sólo la cadera y después un poco las manos y ahora poco los pies y adelante atrás izquierda izquierda derecha y ahora tengo una cuerda invisible que los mejores mimos envidiarían y te lanzo el anzuelo que estaba atado y, como si de un pulpo se tratase, te pescaré y atraeré: darlin', tienes mi cerveza. Mira que bien lo hace esa pareja, me dices. Pero escucha, son ellos los que nos envidian. Ellos no coordinan tan mal borrachos y eso es nuestro verdadero baile. Su samba no tiene besos furtivos, no tiene ataques súbitos de lujuria. Su swing respeta las cáscaras de pipas muertas en el suelo, su mambo es más frío que las mañanas en las que te quedas con toda mi colcha, su boogaloo es una mala copia de un vídeo de Manny Corchado, su baile de salón apesta a delicado perfume, a sofisticado entrenamiento, a baile nupcial, a mala película americana. Ve tú a bailar con ellos y aprende lo que quieras que yo seguiré derramando sudor y sudando cerveza, mordiéndote la comisura de los labios, susurrándote "increíble canción". Y cuando lleguemos a casa y para ellos la fiesta haya terminado it's time to dance porque nuestro último baile es el mejor, el que hacemos en el salón, con el sofá observándonos, la televisión retransmitiendo nuestro reflejo y los vecinos todavía ajenos a nuestra particular batalla sin enemigos; y tú y yo más lascivos que nadie, con Thee Oh Sees o los Growlers o lo que el azar quiera que esté en el reproductor. Ve tú a clases de baile: los bailarines profesionales me envidian, apuestan a mi número favorito y a mis galgos y caballos, conocen todas mis corazonadas y apuestan todavía más fuerte que yo, repiten mis hábitos en el mismo momento del día (lo llaman "el ritual de Walt"), van a mis bares y beben lo mismo que yo. Créeme, de verdad, he creado un ejercito de supersticiosos, clones que envidian, clones que ya sólo se preguntan dónde encontrar a una Marylou como tú que les enseñe a bailar.
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