sábado, 10 de mayo de 2014

Tardes de drama.

Se me ha olvidado dejar el mechero y el papel de liar en casa, si lo descubre se pondrá triste porque le prometí que iba a dejar de fumar. -¿Pasa algo?- me pregunta. Nada, estaba pensando en Juan delante del ordenador y leyendo sobre su dolor de pecho, menos mal que en la familia somos unos hipocondríacos, le contesto. Ríe, sonríe. "Qué susto nos dio", responde. Continúa pendiente de la pareja mayor que está comprando las entradas: al principio le parecían adorables, ahora bastante maleducados y groseros. Presto un poco de atención y la señora sigue maldiciendo en voz alta y pidiendo que se le descuente más, que sus hijos están en paro, que su marido está medio sordo y no había pisado un cine desde que estrenaron "Los girasoles ciegos", uno de sus libros favoritos parece ser; y que el gobierno no les da la pensión que tendría que ganar y que en el tranvía unos jóvenes no les han cedido el asiento. Pobres, me comenta. Tampoco pueden entrar gratis, termina. La madre y el hijo comienzan a impacientarse y ella ya ha empezado a pensar en voz demasiado alta, suficiente para ser molesta. Su hijo, apostaría a que tiene catorce o quince años, se arrepiente de haber venido y el color de su rostro ya es más llamativo que el amarillo de su camisa. Los empleados comprueban sus móviles, llevan más de dos minutos sin comprobar ninguna entrada, sin vender ninguna bebida: sin hacer nada. "¿Estás seguro que no te importa que veamos esta?". No, contesto sin meditarlo. "Es que no me apetece ver una comedia hoy". Bien. Saca su móvil, lee sus mensajes, mira la hora, guarda el móvil y escarba en su bolso y vuelve a revisar su cartera con su dinero. Siempre me ha sorprendido lo feliz y nerviosa que llega a ponerse cuando vamos al cine. La última vez lloró tanto con la película que quise calmarla con besos y me rechazó. Después se disculpó y me abrazó como si hubiese vuelto de una guerra. "Siento haberme puesto así. No entiendo por qué sube a ese avión. No quiero que nunca subas a un avión sin despedirte de mi antes". Le dije que no me gustaban los aviones, y que al protagonista le sobraba valentía y estupidez. Estuvimos discutiendo largo y tendido sobre las obligaciones morales y los sacrificios personales por el bien profesional. Le entristece oirme decir que nada es un sacrificio y que todo son etapas. "No tienes ambiciones", me recrimina. Una manía que me cuesta mucho evitar es manosear lo que quiera que tenga en los bolsillos. Hoy no dejo de girar la rosca del mechero y en el momento en que soy consciente lo cambio al bolsillo trasero, con mi blog, para olvidarme de él. Los viejos siguen reclamando, la madre suspira y le habla al hijo como si fuera culpa suya. "Podrían tener dos taquillas abiertas", observa. Será cosa de la crisis, pienso. Se olvida de la cola por un momento y se vuelve para mirarme, para darme las gracias como si esto fuera una tortura para mi, me besa, me da la mano: "¿Por qué siempre las tienes tan caliente?", bromea. En invierno caminamos cogidos de la mano y siempre se sorprende del calor de mis manos, hasta indaga en mis bolsillos por si hay gato encerrado, pero no lo hay. Empieza a llegar más gente a la fila, y seguimos en el mismo lugar. Una pareja que está justo detrás nuestro comenta lo mal que una amiga de ella se comporta con su novio. El tema se zanja con un "él verá lo que aguanta". "Es que me parece muy actor Johnny Depp", abre otro tema el chico. Para tener esas conversaciones forzosas es mejor no hablar, estar callado nunca hará daño a nadie. Los viejos abandonan su lucha, "no pueden permitirse estos precios", con suerte podrán volver sentados en el tranvía. Nos llega el turno: ella saluda por los dos, ella pide por los dos, cada uno paga su entrada, ella habla por los dos, y ella se despide. "Espero que no hables tanto durante la película", ironiza. Vuelvo a poner el mechero en el bolsillo en el que estaba porque no es cómodo tener ese bulto en el trasero. "Ojalá no llueva cuando salgamos, que no quiero volver mojada a casa". Ojalá no.

Proyecciones estelácteas.

En los bordes opuestos corrijo los cronopios que un día me dibujaste fuera de los márgenes. No los voy a borrar: corren, saltan y si bebo suficiente café y sigo despierto cuando salen a jugar, ellos también juegan, me hablan. Los intenté tachar, pero al día siguiente mi marca estaba debajo, resignada a ser un mero subrayado. Ahora los corrijo con mis propios cronopios, intento que por las noches se relaciones con los tuyos para no sentirme tan mal cuando abro los libros, los apuntes, mi blog, mis cartas. Dibujo autopistas entre los párrafos para que puedan cruzar eternos pasajes de palabrería o estúpidos teoremas. A los míos les he puesto nombres de galgos para que crucen más rápido y que los tuyos recuerden las tardes que veíamos a los de Swindon correr. Te dije que eran herbívoros (o vegetarianos, no recuerdo) y no te hizo gracia imaginarte a sus dueños sometiéndolos, torturándolos, abandonándolos. No te hizo gracia haber puesto unas monedas en sus lomos y obligarles a perseguir ese trapo disfrazado de liebre. Pero cariño, encerraste a tus cronopios en mis hojas, luego en mi cabeza. Cariño, los galgos cuando corren detrás de esa broma camuflada y escondida piensas que esta vez no es como las demás, piensan que la liebre se va a cansar de correr sobre llano y en círculos, piensan que la podrán devorar tranquilamente sin que sus dueños lo sepan, piensan como tú, y como un día llegué a pensar yo, que esta vez sí son libres. Tus cronopios nunca llegarán a ser como un galgo.