domingo, 15 de septiembre de 2013
Fercho, no fumes con la ventana abierta que entran ideas.
¿Y si te digo que siempre he tenido miedo? Miedo al sí, y miedo al no, miedo a los espacios grandes, a los lugares nuevos, a la rutina y a las buenas costumbres, al presente, futuro y pasado, a estar solo o estar demasiado acompañado, a la velocidad, a las mujeres (sí, a las mujeres), a la inteligencia ajena y a la ignorancia, a los viajes largos, a las noches largas, a los días, al insomnio y a la pereza, y sí, al silencio. Hoy mi mayor miedo es el silencio. Hoy odio el silencio, quizá lo odie más que ayer o lo tema más que hace dos. El silencio me incita a pensar, a recordar y pensarte, a practicar conversaciones hipotéticas que no tendremos, a leernos en braille hasta resumirnos en sábanas y mordiscos. El silencio corrige mis palabras y me convierte en mejor persona. Siempre tengo miedo, y quizá nunca lo supieras. El silencio es conducir tu propio coche y poder decir "me voy de aquí" cualquier día, el momento que quiera. Pero hoy no quiero poder. Hoy no quiero decir nada, hoy no quiero ser yo. Hoy quiero renunciar al silencio. Temo las noches, pero porque más le temo a él. Me da igual que la cama esté fría, que no haya nadie o que huela al detergente de oferta, que no estés, que tenga que madrugar o que mañana sea domingo: odio el silencio. El silencio eres tú. El silencio eres tú sentada en una toalla con tu bikini, con esa humedad y ese calor que tanto te abrazan y que tanto envidio. El silencio. Si alguien me pregunta a que tengo miedo diré que a la muerte y a la soledad y compartiré miedo con muchos. Pero puñetero silencio. Eres la señora silencio. No serás más señoras, no te dejaré ser la señora cine, o la señora ruido, o la señora música, señora droga, señorita Malkova. Tengo miedo a tenerte miedo. Miedo a que no sólo seas silencio.
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