sábado, 29 de septiembre de 2012
El pollo
Hay que ver las cosas en frío, y a través de un cristal rojo, y pensarlas en caliente, y congelarlas con cerveza. Pensar sin ayuda es muy difícil, más difícil; hay que seguir los consejos de todos, aunque sean contradictorios. Todos los días carraspeo con agua fría, después con agua caliente, y busco una voz radiofónica que me dé poder de convicción. Me visto con el disfraz de héroe absurdo prototípico para derrotar a mis archienemigos con sus seudopoderes, paramilitares intelectuales.
martes, 25 de septiembre de 2012
Súmale lo suficiente para que sea primo.
Antes me hacía fotos de fiesta, fotos de fiesta poniendo caras de goce, antes salía de fiesta y bebía, y me lo pasaba bien, y me hacía fotos y las ponía en internet y las comentábamos todos. Ahora he olvidado como se dormía en el sofá, y duermo en la cama, junto las camas y duermo en las dos, las separo y duermo en una y luego en la otra, y después cambio la orientación, boca arriba, boca abajo, y sigo teniendo pesadillas porque no duermo en el sofá, y me despierto en mi cama o en otra cama o en otra cama con desconocidos, o me despierto en el pasado, y no en esos desiertos dónde tenía pensado despertarme, me despierto siendo otra persona, me acuesto pensando que azúcar y me despierto pensando que sal, me acuesto feliz y me levanto asustado. El sofá ha encogido lo suficiente para que el cojín sobresalga más de lo normal, y mis pies sobresalen demasiado, ahora miro el techo y el color no es el mismo y, imposible pero, he olvidado las palabras mágicas que abrían esa nave espacial cargada de armas para destruir cualquier planeta y huir de las conversaciones con mamá, de las conversaciones en ingles, de las conversaciones intelectuales, huir del existencialismo amateur. Si me acuerdo de dormir, si me acuerdo de las palabras mágicas, saldré de fiesta y me haré fotos y me lo pasaré bien, me lo pasaré mejor que nunca aunque no me acuerde. Si sigo sin acordarme, si sigo sin acordarme dormiré en el suelo, en la plaza, al lado del río, adelantaré o retrasaré la hora del reloj para sincronizarla con la mía, si sigo sin acordarme seré un ser primitivo, seré un enfermo.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Mal, pero está
Ireneo vaga por las calles y pide limosnas en el mercadona de la avda. Valencia. Él no necesita de dineros ni de hogares, todos los días va a un comedor social hasta la magdalena, a Ireneo le gusta caminar por Zaragoza, y duerme en el parque Grande las noches calurosas, o en la Ibercaja de Tomás Bretón las frías, un cajero grande donde Ireneo puede estirar las piernas y poner el pestillo. Ireneo siempre mira de reojo a los rumanos que piden junto a él, "ei, ¿vas al comedor ese que está al lado de un colegio, en paseo Mª Agustín? ¿Qué tal está? Tengo que ir, me han hablado bien de él". Ireneo vivía en un piso céntrico, muy pequeño y sabía que en poco tiempo no podría seguir pagando su alquiler, y por principios decidió vagabundear antes de ser echado a la calle, Ireneo era un joven inteligente y con una gran moral, pero personalidad un poco débil. Entre cinco y ocho euros recolectaba todas las mañanas, Ireneo tenía muy buen ver, la gente no creía que un joven así estuviera pidiendo. El muchacho, gracioso con todo, cuando veía a esos zombies con la típica bolsa del mercadona, se apresuraba y se acercaba a la puerta eléctrica para que ésta se abriese, entonces extendía el brazo y su mano y soltaba un "pase, adelante, pase pase. Si no le importa, ¿podría, después de comprar, al salir, prestarme (o darme) unos míseros céntimos para comprarme un zumo o un cartón de vino?", siempre con una sonrisa, y si recibía una mala contestación o un gesto siempre contestaba con un "piense que es para los negritos del áfrica si así se siente mejor". Aunque no os lo creáis, Ireneo es un homeless más, un vagabundo cualquiera. Con lo recolectado, Ireneo iba al chino de San Antonio Mª Claret y saludaba como si fuera amigo de toda la vida a Juan, el chino, y compraba un cartón de vino (si era sábado) o dos (si era entre semana) y algo para picar. Sabía que en el chino era más caro, pero Ireneo era un hombre con principios, un joven con mucha moral, pero con una paupérrima personalidad. Siempre le sobraban dos o tres euros, Juan le hacía precio por ser colega. Ireneo sabía que ese dinero era un peligro, cualquier necesitado podría asaltarle y darle una paliza, y atracarle, a Ireneo no le gusta ahorrar, y menos llevar el dinero encima. Ireneo era un joven inteligente, y también melancólico, y disfrutaba encontrándose cabinas telefónicas por las calles. Nunca llegaba al comedor social con dinero encima, siempre lo gastaba llamando. Descolgaba el teléfono de la cabina, con una mano se apoyaba en el cristal, con la otra marcaba un número aleatorio, ya sea empezando por séis o por el prefijo local, después ponía una cara de "por favor, no me cuelgues" y miraba hacia el suelo: si lo cogía una mujer, con voz madura, Ireneo respondía con un "soy una persona cercana a su marido, le recomiendo que lo vigile y esté al tanto de lo que hace fuera de casa, o cuando usted sale", Ireneo aguanta la risa y espera siempre la reacción del otro lado, cuando el ataque de nervios es tangible, Ireneo vuelve con un "lo siento, de verdad" y cuelga rápidamente. De la misma manera responde cuando lo coge un hombre, y si es alguien muy joven contesta con un "ten cuidado al salir de casa, que eres un hijo/a de puta". Así Ireneo disfrutaba de sus días, y cada día le parecía distinto y más dispar, pero Ireneo era un vagabundo más, un sin techo que no tenía donde caerse muerto. Parece mentira, pero Ireneo no teme a la muerte, y disfruta de sus días, es feliz, y sigue con su rutina como si de un trabajo se tratase, y disfruta. Ireneo siguió con sus bromas, y desafiando el azar, y éste le contestó, quizá con un jaque. Una voz dulce, feliz, contestó: "Vigila a tu ma...", interrumpió antes de que acabara su típico discurso e Ireneo dejó de apoyarse como en las películas y sufrió por si la gente le miraba. "Yo echo de menos que me invites a cervezas, aunque estén calientes, y esos paseos por el parque". Ireneo colgó, y ahora no pide limosna tan descaradamente, Ireneo utiliza un cartón en Independencia y ahorra lo que puede para comer mejor que en el comedor.
Izquierda buena, derecha mala.
A veces tengo sueños con moraleja: me despierto y soy una persona más sabia, más conocedora. Desayuno, me lavo la cara y olvido qué no tenía que hacer, qué debo hacer, desaprendo de mis errores nocturnos, de mis viajes oníricos, olvido la moraleja de mi película. Caminando a clase, maldiciendo no acordarme de la lección, cruzando semáforos en rojo, chocando con madres y críos, pisando los charcos de esos aspersores rotos e inertes, y saludando a mi amigo el pollero, rebusco, rebusco, y busco y recuerdo todos los sueños absurdos que no se borraron, que siguen en mis estanterías, y confundo mi sueño. Seguramente, la moraleja, estaría escondida en mi subconsciente, envuelta, empapelada con una película de Disney.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Penas de un incendio.
Siempre supo que ella era demasiado para él, hasta se lo hizo saber. Él, fantástico él, siempre había recibido la motivación en forma de humillación, mediocre era como su madre veía a su hijo en un futuro, también inútil o tonto. "Sube a mi nave espacial", y palpaba la parte del sofá vacía para que ella se sentara a su lado. "Desde mi nave se pueden escuchar a los planetas. Oler el toxicosmos. Si quieres, si lo intentas, puedes situarte en un universo paralelo, mejor, mantener conversaciones sin equivocarte, mantener silencios eternos y decirnos de todo sin hablar, recorrer todos los parques de la ciudad, conocer al metereólogo de tu canal favorito y pedirle que llueva cuando quieras, puedes poner una piscina en mi salón y ver esas películas sin movernos del agua, y con cerveza fría, y tabaco con veneno, y veneno en el tabaco. Puedes acompañarme en mis delirios, te desdoblarás en el tiempo, inventaremos esos rincones de Zaragoza que nunca hemos visto y no apreciamos por no ser una ciudad extranjera. Podemos también fo...", ella no le escuchaba, y él ya sabía que las madres no sé equivocan: "¿No te aburres tanto tiempo aquí, tirado mirando al techo?". No miro al techo, cierro los ojos.
viernes, 7 de septiembre de 2012
Docencia sin fusta.
Si fuera guitarrista movería los pies sin levantarlos del suelo, deslizándolos como si estuviera bailando el boogie-woogie. Si fuera guitarrista hablaría por el resto del grupo, me consideraría un inadaptado, un líder espiritual, un locutor incansable, un aburrido al que le gusta que le escuchen. Los guitarristas son divertidos pero quizá un poco previsibles. Yo me dejaría el pelo largo, iría con chaquetas de batalla, escucharía discos que casi nadie escucha, fumaría de todo, llegaría a drogarme con todo, escribiría canciones que nunca tocaría, y después sacaría un disco en solitario y demostraría a todo el mundo que el cantante era otro más, y que no hace falta esforzarse por nada, que todo es innato. A los guitarristas les gustan estar en segundo plano, contestar con monosílabos, y abstraerse en las entrevistas. Un trocito de Zaragoza en medio del infierno.
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