martes, 2 de diciembre de 2014

No hay que entender a Seymour.

Nos juntamos para mirar al espacio y me dices "lejana astronomía" pero yo sigo una y otra vez con las corrientes circulares en el tiempo que nos atraen, por motivos más incomprendidos que el magnetismo: los científicos que no llegan a buen puerto lo llaman "instinto". Hoy le llaman la Juana para hacerse más amiga y me cuesta ver a gente sin complejos y sin vergüenza, cantando canciones de otros, cantando y tocando mal las canciones de otros. También la gente tan feliz es más deprimente en casa. La niebla asola las mañanas en la ciudad del viento, pero el mediodía la tortura y le obliga a refugiarse dentro de las alcantarillas, refugiarse y esperar a las cinco de la mañana para volver a salir y darme unos buenos días: si me cambian la hora que sea a mejor. Hoy te pido que dejes de seguirme, que llevas una semana molestando, que aún no te he encontrado en sueños pero sé que cualquier día estás ahí para recordarme que miento más que hablo (pero no), para restregarme que hace tiempo que necesito volver a mi sofá, que el veneno no es veneno si no se fuma, que las noches frías son mejor con la calefacción apagada y tú, tú con mis calzones y mis camisetas favoritas corriendo al baño, siendo la mujer radiador; mis piernas se pelean entre tanta tela-colcha-sábana y las tuyas me protegen de otra pesadilla en el ártico o en el antártico o en el estanque intentando liar el cigarrillo mientras discuto con diciembre: ya sabes que todavía no sé dormir vestido. Tampoco sé bañarme solo: somos sanguijuelas encarceladas en mármol o porcelana mojada, peleando contra la fricción, chupándonos la sangre, acariciando tus pechos y tu piel se eriza poco a poco: estamos tan calientes como el agua y ya tenemos frío. Frío cuando no tengo tus piernas calefacción. Necesito mi dosis de sofá, es algo que puede matarme, o llevarme a un estado psicótico, ansiado. Hoy no necesito comer, ni beber, ni Mac DeMarco. Hoy necesito montarme otra vez en mi nave espacial y convertirme en Botero pintándote desnuda, con los ojos rojos, bailando música que ni siquiera te gusta. Tuve que haber nacido músico para escribir canciones cutres.

Soy el jizz porque soy antijizz.

Son los sueños de los yonkis los que nos hacen seguir con vida, los que nos unen más que el pegamento, dormir caliente, oler a película en el cine y paseos nocturnos hasta casa; echándole carreras al tranvía, abrazarnos con sabor a demasiado vino y tú siempre tan pasional y yo con tanto frío debajo de la colcha: tus piernas mi calefacción y mis batallas nocturnas (algunas cuando deambulas), son el espectáculo que todos quieren ver en sus televisiones. Despertarnos con el frío de la ausencia y con el antojo de café y cigarrillos: con tanto tabaco ya no sé si siguen siendo dulces tus dedos y tus besos, si sigues sabiendo tan bien, si es mi lengua que también se ha contagiado de futilidad o soy yo con otra crisis de inutilidad, o según tú: "los desvaríos de las noches largas ya te duran hasta que sale el sol". Levantarse para buscar el ciego barato y dormir caliente, sin daño cerebral. Hoy tampoco: a nadie le importan los sueños de los yonkis. Los paraísos tropicales, las islas de ensueño, las playas cristalinas y los bosques frondosos y anónimos están abarrotados de soñadores, repleto de evasores: víctimas de rutinas.

martes, 4 de noviembre de 2014

compra bisutería en la plaza del mercado.

Somos los protagonistas de nuestra propia película porno. Nos gritamos "amor" con olor a marihuana y seguimos con nuestras escenas mientras el espejo es nuestra cámara y vosotros nuestros consumidores habituales. Vosotros, vosotros montados en bicicletas de mil euros. Y tu arriba y yo abajo y me vuelves a morder hasta que te digo que es suficiente por hoy. Nuestro sofá. Oye, nos han visto y creen que las pipas y las cervezas son las nuevas redes sociales: eso está bien. Yann Tiersen les sigue gustando, más que a ti y a mi. La primavera parece que llega en pleno octubre y mañana una hora más de sueño. El ébola sigue en boga pero nosotros nos reímos de ellos porque ya lo predijimos, ya lo vimos: lo creamos. Mañana rodaremos otra película sin final feliz: eso no lo conocemos.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Buenas noches amigo.

Es el tabaco el que me obliga a toser todos los días, son los discos que cada día me parecen más buenos, la voz de Cortázar y sus relatos majestuosos, volver a casa con el calor de la noche, es Tony Soprano desfilando por la/su ciudad, es Mac DeMarco tocando y despertándome, es la simplicidad de las cosas. Y vamos a crear la mejor revista que hayas leído, pero vosotros, los lectores, pensaréis "está bien", pero lo pensaréis porque hay mucha contaminación y el calentamiento global os nubla la vista, el entendimiento, y el bueno gusto. Y el potencial de los universitarios está sobrevalorado y totalmente en decadencia. Hoy los universitarios sois y somos mierda. Hoy la revolución no es posible en Zaragoza. Hoy los intelectuales son gente curiosa y no los que tienen carrera, porque hoy cualquiera tiene una carrera, hoy cualquiera no fuma y bebe con una persona, hoy cualquiera fuma y bebe con güifi (no el WiFi inglés) y la soledad se cura con el móvil y el ordenador. Pues si nos odiáis es porque nos envidiáis, como envidiáis a los americanos, como a los famosos. Hoy, hoy más que nunca, los universitarios están en decadencia, y Mujica insiste en confiar en nosotros/vosotros, pero no creo que sea sólo cosa del alcohol, podríamos culpar a esos bares insulsos por sus ofertas que nos hacen tontos y sumisos y gregarios y simples. Pues muy bien si prefieres ir a un festival, aprovechad ahora que habéis apagado la televisión y habéis cambiado el Whatsapp por el Facebook para pensar que vais en la dirección contraria. Mañana seremos lectura obligatoria. Mañana pintaremos la ciudad con frases que no entenderéis, pintaremos poemas al lado de los anuncios que buscáis, os veremos pasar y no os volveremos a ver y no seréis nadie para nosotros. El gran poeta de nuestra generación todavía no sabe que la ciudad invernadero es demasiado indescriptible para ser Zaragoza, París, Budapest. Es el puto tabaco, es la puta yerba, son las putas cervezas, y son las putas noches en las que la revolución es tan tangible y cercana que me quita el sueño, las noches que me convierten en un búho noctámbulo y diurno.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Hoy, estar obeso es inmoral.

Después de todo el Voltaire seguirá siendo el bar: las revoluciones se posponen y "esta canción me gusta" me lo digo a mi mismo. Y quizá sea la mierda depresiva que se fumaba Foster Wallace lo que me vendieron el otro día, o la jarra congelada que pone la Juani, o el "¿por dónde pasa el canal imperial?", o las firmas bañadas con cerveza y con el sudor del baile, o el altavoz que está encima y a veces no me deja oirte. Hoy los hobos duermen en camas calientes y escuchan la radio posponiendo su carrera entre raíles, afilan sus lápices, revelan sus cámaras en tiendas de fotógrafos inútiles, beben en sofás, compran nuevos blogs donde plasmar su vida, recuerdan cuando no tenían nada y cuando lo tenían todo. Hoy, ellos, viven la vida que quisieron, pero lo primordial, para ellos, es subirse a la carretera y vivirla para los otros, para los hipsters del siglo veintiuno. The times are changin' dice Dylan hoy en youtube.

lunes, 18 de agosto de 2014

Después de lo de ayer sólo nos queda el cenicero lleno de palabras entre cigarro y trago.

Y los judíos vuelven a destruir casas lejos de aquí. El verano nunca ha sido de mis estaciones favoritas, y la playa era el lugar más trivial y aburrido en el que he estado, pero este año es distinto y añoro temperaturas más altas y días más largos, ciudades más lejanas y planes que planeé hace tiempo para cuando tuviera esta edad. Puedo ir a a las calas y dormirme al sol solo, rodeado de piedras y arena y del cíclico rugido del mar; un rugido que tranquiliza a todas las bestias y que siempre he odiado y detestado: siempre esperando que no hubiera siguiente ola, o que fuera más grande el estruendo que nunca, que la siguiente ola fuera la última ola que el mar respirase. Puedo ir a las calas y dormir, leer, y nadar entre sal y nadar más lejos aún y empequeñecer a todos los bañistas yendo hacia donde el agua está más fría y la profundidad es oscura: nadando más lejos y sufriendo las entrañas del mar y temiendo a sus animales ocultos: aquí las aguas no son cristalinas, yo no vivo en paraísos. Nadas y te cansas, y te haces el muerto, pero es una relajación falsa: las olas no te mecen, te empujan; para los peces no pasas inadvertido, te vigilan y urden un ataque calmado, meticuloso y lento pero mortífero: y podríamos cerrar los ojos y llenar nuestros alquitranados pulmones de humedad salada y estirar nuestros brazos y piernas dispuestos a abrazar al sol, pero el subconsciente está en estado de alerta y cuando cerrásemos los ojos e hinchemos nuestro torso y estirásemos las piernas y brazos y pensásemos en dormirnos, dormirnos tan desprotegidos, empujados o mecidos por la marea, convertirnos en la botella repleta de mensajes vitales y poemas del naufrago enamorado y melancólico, cuando empecemos a sentir que somos parte de la naturaleza o de la tierra o de la pachamama o de cualquier mierda, cuando la evasión sea fría y tangible, entonces en ese preciso momento una copia de la copia de ola anterior nos despertará, nuestro subconsciente no nos deja evadirnos más porque el peligro es real. La ola nos sumergirá la cara, y y abrirías los ojos y los bañistas son azules y diminutos, las piedras son azules y todo es azul porque el sol nos nubla la vista , el sol nos maquilla con felicidad de marca blanca y te pinta la realidad de color azul. En ese momento, el azul se convierte en un color más cálido y adelanta al rojo en la lista de los colores más calientes, justo por detrás del color de nuestras sábanas, detrás del color de tu piel, y delante del color de tu pelo.

Submarinos de plástico

¿Hoy también te duele la tripa? Le preguntó Juan, el profesor de educación física a Carlos, que inmediatamante asintió con cara de culpable, desenmascarando su mentira inconscientemente. Y es que a Carlos le gustaba más observar a sus compañeros y enemigos hacer ejercicio que practicarlo él mismo. Disfrutaba viendo cómo perdían el tiempo sus compañeros y enemigos y cómo Paula, la chica de las medias, corría o estiraba todos sus débiles músculos. Hacía un mes que los padres de Carlos se habían divorciado, y todo el profesorado sabía del problema y empatizaban con él. Doña Ana, la profesora de matemáticas, visitaba los pupitres de sus alumnos y los abroncaba si estos no hacían su tarea. Ya hacía dos meses que Carlos no llevaba acabados sus deberes, pero a Carlos no le pasaba nada y simplemente aprovechaba la debilidad de sus superiores para no hacer nada siempre que pudiese. Que sus padres se hubieran separado le parecía un problema totalmente ajeno a él: sus padres habían dejado de querer y para él eso no es un problema, es algo cotidiano y natural, pero para su superiores no. "¿Te gustaría hablar de algo?" sugirió Juan, pero Carlos evitó la conversación tocándose aún más su estómago. A Carlos le gusta que sientan pena por él cuando él no tiene problemas.

sábado, 16 de agosto de 2014

El tranvía ovárico de Miller está numerado.

Para parecer un muerto tienes que mantener la respiración más de veinte segundo, el tiempo que la cámara estaría enfocándote. También necesitarás controlar los latidos de tu corazón, intentar relajarte y que tu pecho no se mueva más de lo normal. Pero yo no tengo cámara y prefiero que duermas a ver como quieres morir. Y entonces apagaré tu calor, de algún modo, vigilaré que no sufras este agobio mientras duermes, siempre habituada en tu parcela en esta cama. Y tendrías que aprovechar ahora que las sábanas se han refrescado y el sol aún no ha llegado al jardín para pelear con tus monstruos y sí, te prometo que mañana iremos a esa cala de la que te hablé. Practica tu muerte que yo voy a refrescarme y cuando vuelva no quiero asustarme pensando que te has ido. Ponte cómoda y cierra los ojos, cuidado con los malos, túmbate y que piensen víctima, un daño colateral, un cifra en sus recuentos, una pobre joven que andaba por la calle incorrecta en el peor momento de la ofensiva. Sálvate. No abras el rabillo del ojo. Respira lentamente y camúflate entre los cadáveres de niños y mujeres; los malos avanzarán y no mirarán atrás, tus monstruos buscarán carne fresca y no buscarán entre los restos. Relájate porque tus enemigas las hormigas están asustadas por los bombarderos y esta noche no saldrán a buscar migas de pan. Aguanta un poco querida, lo estás haciendo fenomenal. Aguanta un poco más: las tropas enemigas continúan su plan de acoso y derribo, nada puede pararles. Aguanta un poco más y te prometo que cuando te despiertes estaré esperando con el café recién hecho, con unas tostadas dispuestas a salir del infierno y la mantequilla acalorada preparada para ser esparcida. Será la brisa la que te despierte y yo el arquitecto de tu sueño. Cierra los ojos que yo voy a acabarme el café que nos sobró ayer y después vigilaré que ninguno de tus enemigos te descubra, ni te chafe, ni te vea. Sigue actuando que el sol se está acercando.

lunes, 11 de agosto de 2014

No hay finales para Carver.

La ciudad está llena de espías en cada esquina: hombres viejos con blog y lápiz anotando matrículas y defectos de los posibles sospechosos- "Seat Ibiza rojo 6556 HJP, cojo, mal andar, nervioso", apuntó Julio mientras vigilaba a su mujer hablando con el moro que le traía malas nuevas de su primogénito. Y es que Maria Luisa, consciente de la edad de su hijo, le preocupa sobremanera donde se meta y con quién merodea Juan. Pero Julio desconfiado sigue y seguirá apuntando, con su caligrafía torpe y cansada, todos y cada uno de los detalles del moro misterioso: "posible tic en el ojo, gesticula mucho". En la otra esquina y con gafas de sol está Miguel, aguantando su rabia y esperando el momento oportuno para saltar al ataque. Y es que Miguel sufre tanto o más que María Luisa, pero su problema no es con el moro sino con el joven que le quita el sueño a su hija. Miguel también es consciente de la edad de su hija, de la ridícula situación en la que están metidos su hija y el joven, y de la pérdida de tiempo que supone regentar esa esquina cada mañana para controlar todos y cada uno de los itinerarios del joven, con quién habla, a quién mira; y supone porques al problema que quiere solucionar. Aurora sube la persiana y retrasa la colada tanto como puede para poder observar más tiempo al joven que vive enfrente suyo. Aurora no tiene problemas con el joven, incluso podríamos decir que apenas se conocen, pero Aurora es una persona mayor y sabe que su vida ya ha perdido gran parte del sentido que pudo tener: su marido falleció hace casi veinte años, su hijo está casado y tiene un niño repelente al que tiene que aguantar cada fin de semana. Y aunque Aurora viva sola desde hace veinte años, cambió su costumbre de tender la ropa temprano, a las nueve de la mañana, a tenderla sólo y cuando ve a su vecino, el joven, paseando por su cocina. A Aurora le gusta su nuevo hábito, aunque quizá no siempre lo disfrute porque, como a cualquier persona mayor, a Aurora le produce gran melancolía observar a jóvenes deambular. Pero a pesar de este dolor pasajero, la curiosidad de Aurora es más poderosa, y sabe que cuanto más ropa vieja tenga, más veces pondrá la lavadora.

viernes, 4 de julio de 2014

Edición ilimitada.

Soy un buitre carroñero, un mal jugador (de cartas, de ajedrez, de cara o cruz), un mal jefe y peor líder. Mal amante y peor pareja. Un mal bebedor , un fumador empedernido y un resignado melancólico. Pero un buen hombre. Mal predicador y peor juez, mal lector y mal escritor. "Something special, isn't it?" me dijo McCurry. Antes los discos eran más largos, y pasar la tarde con uno sólo se me hace muy repetitivo. Echarse y Meat is Murder, y a mi techo le falta color o cuadros o una buena pizarra blanca donde escribir y pintar basura. El problema principal sería pintar y borrar, y justo ahora me he dado cuenta que pierdo demasiado el tiempo mirando una pared blanca y una esquina: origen y ejes. Siempre, como si fuera a desarrollar una idea geométrica y llegase a una conclusión que jamás hubiera imaginado. Mis pantalones me pesan y su cintura ya no me abraza tan fuerte como antes. Porque ahora cocinar me supone un gran esfuerzo, y el apetito hace días que me abandonó. Me estoy convirtiendo en una planta que sólo duerme y fuma, que espera que llueva porque los días soleados le agobian creyendo que los podría aprovechar mejor si no tal y si sí tal. Va a llegar el verano, este año sí que habrá, y no estoy interesado. Le pregunto a Junio si tendré suerte y me contesta con días largos y solitarios. No te tengo miedo Junio, porque hoy, ahora, no me importa cuantos días tengas ni si me darás fuerzas o serás otro Junio más de "tuve que" y "si hubiera hecho tal" y "no tendría que haber". Que te jodan porque no necesito nada y no soy consciente hasta que tengo de más. Y que te jodan a ti también, Junio.

Jizz

Somos Jizz, somos los nuevos punquis, enemigos del siglo XXI y amigos del ocio barato. Leemos en el bus y escuchamos nuestros discos nuevos en sofás de terciopelo, con tabaco de liar, con el techo mirándonos, con el calor molestando. Nos da igual lo que pasa, nos da igual la injusticia, nos gusta veros y no hablar. A los nuevos punquis, a los JIZZ, no nos gustan los punquis de los setenta, ni de los ochenta, ni de los noventa; nos gusta Mersault y vuestra autocrítica. Buscamos el dinero fácil con caballos, perros y tarjetas amarillas. Destrozamos éticas y morales, transmitimos nada y los jóvenes absorben. Nuestros Dioses murieron o salen en youtube, pero queremos morir como Kenneth Caulfield en un océano repleto de bowling balls.

Tazas con ceniza y café.

Tomás retrocedía demasiado en el tiempo camino del trabajo: redescubría el lunar secreto de Marta cada vez que el semáforo le retenía, besaba su ombligo y acariciaba con sus labios las ingles que Marta cuidaba tanto (muy atenta dada la simpatía que Tomás tenía por ellas). Aparcar el coche y salir de él le recordaba las mañanas en las que se levantaba temprano y le dejaba el café preparado a Marta, acompañado de una pastilla de mantequilla para que poco a poco se fuera derritiendo y a Marta le fuera más fácil extender en las tostadas. Su jefe, Antonio, una persona respetada y respetuosa, pasaba por alto los retrasos de Tomás y también los poemas y frases que escribía en los baños. Yo también sufrí con la muerte de mi hija, justificaba Antonio. Tomás no sufría la ausencia de Marta: ahora su imagen era más nítida y el recuerdo es más bello cuanto más tiempo pasa. Ana, la joven que trabajaba en el bar de la empresa, utiliza el mismo perfume que utilizaba Marta; la sonrisa de la chica del telediario de las dos es la de de Marta; el pelo alborotado de la vecina son mañanas de domingo y resacas espantosas. Los discos de Tomás son noches cortas de bailes tontos y risas cariñosas. El verano son cervezas y pipas en "la lateral" y los inviernos mantas y películas. Tomás no sufría la ausencia de Marta, sino haber perdido a una compañera de viajes interestelares, una compañera que siempre le recordaba "qué pequeño es todo desde aquí arriba".

sábado, 10 de mayo de 2014

Tardes de drama.

Se me ha olvidado dejar el mechero y el papel de liar en casa, si lo descubre se pondrá triste porque le prometí que iba a dejar de fumar. -¿Pasa algo?- me pregunta. Nada, estaba pensando en Juan delante del ordenador y leyendo sobre su dolor de pecho, menos mal que en la familia somos unos hipocondríacos, le contesto. Ríe, sonríe. "Qué susto nos dio", responde. Continúa pendiente de la pareja mayor que está comprando las entradas: al principio le parecían adorables, ahora bastante maleducados y groseros. Presto un poco de atención y la señora sigue maldiciendo en voz alta y pidiendo que se le descuente más, que sus hijos están en paro, que su marido está medio sordo y no había pisado un cine desde que estrenaron "Los girasoles ciegos", uno de sus libros favoritos parece ser; y que el gobierno no les da la pensión que tendría que ganar y que en el tranvía unos jóvenes no les han cedido el asiento. Pobres, me comenta. Tampoco pueden entrar gratis, termina. La madre y el hijo comienzan a impacientarse y ella ya ha empezado a pensar en voz demasiado alta, suficiente para ser molesta. Su hijo, apostaría a que tiene catorce o quince años, se arrepiente de haber venido y el color de su rostro ya es más llamativo que el amarillo de su camisa. Los empleados comprueban sus móviles, llevan más de dos minutos sin comprobar ninguna entrada, sin vender ninguna bebida: sin hacer nada. "¿Estás seguro que no te importa que veamos esta?". No, contesto sin meditarlo. "Es que no me apetece ver una comedia hoy". Bien. Saca su móvil, lee sus mensajes, mira la hora, guarda el móvil y escarba en su bolso y vuelve a revisar su cartera con su dinero. Siempre me ha sorprendido lo feliz y nerviosa que llega a ponerse cuando vamos al cine. La última vez lloró tanto con la película que quise calmarla con besos y me rechazó. Después se disculpó y me abrazó como si hubiese vuelto de una guerra. "Siento haberme puesto así. No entiendo por qué sube a ese avión. No quiero que nunca subas a un avión sin despedirte de mi antes". Le dije que no me gustaban los aviones, y que al protagonista le sobraba valentía y estupidez. Estuvimos discutiendo largo y tendido sobre las obligaciones morales y los sacrificios personales por el bien profesional. Le entristece oirme decir que nada es un sacrificio y que todo son etapas. "No tienes ambiciones", me recrimina. Una manía que me cuesta mucho evitar es manosear lo que quiera que tenga en los bolsillos. Hoy no dejo de girar la rosca del mechero y en el momento en que soy consciente lo cambio al bolsillo trasero, con mi blog, para olvidarme de él. Los viejos siguen reclamando, la madre suspira y le habla al hijo como si fuera culpa suya. "Podrían tener dos taquillas abiertas", observa. Será cosa de la crisis, pienso. Se olvida de la cola por un momento y se vuelve para mirarme, para darme las gracias como si esto fuera una tortura para mi, me besa, me da la mano: "¿Por qué siempre las tienes tan caliente?", bromea. En invierno caminamos cogidos de la mano y siempre se sorprende del calor de mis manos, hasta indaga en mis bolsillos por si hay gato encerrado, pero no lo hay. Empieza a llegar más gente a la fila, y seguimos en el mismo lugar. Una pareja que está justo detrás nuestro comenta lo mal que una amiga de ella se comporta con su novio. El tema se zanja con un "él verá lo que aguanta". "Es que me parece muy actor Johnny Depp", abre otro tema el chico. Para tener esas conversaciones forzosas es mejor no hablar, estar callado nunca hará daño a nadie. Los viejos abandonan su lucha, "no pueden permitirse estos precios", con suerte podrán volver sentados en el tranvía. Nos llega el turno: ella saluda por los dos, ella pide por los dos, cada uno paga su entrada, ella habla por los dos, y ella se despide. "Espero que no hables tanto durante la película", ironiza. Vuelvo a poner el mechero en el bolsillo en el que estaba porque no es cómodo tener ese bulto en el trasero. "Ojalá no llueva cuando salgamos, que no quiero volver mojada a casa". Ojalá no.

Proyecciones estelácteas.

En los bordes opuestos corrijo los cronopios que un día me dibujaste fuera de los márgenes. No los voy a borrar: corren, saltan y si bebo suficiente café y sigo despierto cuando salen a jugar, ellos también juegan, me hablan. Los intenté tachar, pero al día siguiente mi marca estaba debajo, resignada a ser un mero subrayado. Ahora los corrijo con mis propios cronopios, intento que por las noches se relaciones con los tuyos para no sentirme tan mal cuando abro los libros, los apuntes, mi blog, mis cartas. Dibujo autopistas entre los párrafos para que puedan cruzar eternos pasajes de palabrería o estúpidos teoremas. A los míos les he puesto nombres de galgos para que crucen más rápido y que los tuyos recuerden las tardes que veíamos a los de Swindon correr. Te dije que eran herbívoros (o vegetarianos, no recuerdo) y no te hizo gracia imaginarte a sus dueños sometiéndolos, torturándolos, abandonándolos. No te hizo gracia haber puesto unas monedas en sus lomos y obligarles a perseguir ese trapo disfrazado de liebre. Pero cariño, encerraste a tus cronopios en mis hojas, luego en mi cabeza. Cariño, los galgos cuando corren detrás de esa broma camuflada y escondida piensas que esta vez no es como las demás, piensan que la liebre se va a cansar de correr sobre llano y en círculos, piensan que la podrán devorar tranquilamente sin que sus dueños lo sepan, piensan como tú, y como un día llegué a pensar yo, que esta vez sí son libres. Tus cronopios nunca llegarán a ser como un galgo.

martes, 14 de enero de 2014

Revueltas en las salas.

Todos los que estaban sentados esperaban con gran inquietud que la obra se reanudara, pero los que nerviosos recogían sus abrigos sin preocuparse de dejar demasiado sucia la butaca temían que pudiera continuar nada de ese final. La luz que recibió el disparo seguía parpadeando, los actores lloraban porque actuaban muy bien o su actuación había transcendido al mundo real. Horacio, el protagonista, seguía tumbado en el suelo del escenario, para los pacientes estaba alargando demasiado su actuación, para los más incrédulos ya no había nada que hacer. Y es que la discusión que tuvo con Adán, el antagonista de la obra, había acabado en una lucha encarnizada y en un fuerte alboroto, precedidos por un diálogo lejos de lo convencional: "tú no eres el tipo de persona que deba seguir vivo" o "hijo de puta" eran frases fuera de contexto, no sacadas del mítico libro de Cafres, revolucionario del teatro latinoamericano del siglo XIX. Dos disparos, un grito y una chispa, un silencio cargado de tensión y unos susurros rompedores por parte de los más impacientes. Horacio (Ramón) era un pobre labrador que un día viaja a la ciudad y conoce a Adela (María), la mujer de un millonario, Adán (Juan Carlos), que descubre el romance. Pero Ramón lejos estaba del campo y del trabajo, estudiante modélico de la escuela de Arte de Montevideo, entró a formar parte de esa compañía estudiantil por su enfermiza obsesión hacia María, estudiante no destacada pero mujer terrorífica para los hombres, deseada por todos y premio de un selecto grupo. María no perdía el tiempo, una hedonista moderna, hija de madre feminista alegre y trabajadora y padre desconocido; sus manías y su sonora risa eran conocidas por todas y su cadera y andares eran la envidia de muchas. El primer año de curso ya había recibido alguna oferta de grandes compañías teatrales uruguayas, pretendía por decenas de ilusos e inalcanzable para vulgares tomaba café tumbada boca abajo en la cama de Ramón y hablaban y discutían sobre los demás compañeros, pero sin gran inquietud, se reían de sus aspiraciones e imitaban a los actores encerrados en los pósters de sus cuchitriles. "Pues Francisco, el chico guapo de tercero, podría ser como James Dean si dejase de llevar bigote" reía María. Ramón fumaba por el placer de liar y el de ver las figuras que el humo dibujaba en el aire, odiaba el sabor del tabaco, incluso llegó a rechazar algún beso de María por esto. María fumaba por ser una vieja costumbre, pero ella sabía que lo hacía por Alejandro, el chico que siempre le gustó en el colegio. Tras el café, peleaban con las sábanas y nublaban la habitación con más humo, colapsaban el ambiente con humor y calor (siempre similar al del teatro con el incienso y el público), volvían a besarse el beso de los buenos días, a repetir el primero del día y después trataban inútilmente hacer levitar la cama otro día más, cada día más cerca de su propósito: "Joder María, has vuelto a perder la concentración" enfurecía Ramón y María reía tan alto que era impensable que el día pudiese ir peor. Ramón sabía de los flirteos de María, de su admirador secreto, de su correspondencia con hombres y de sus distintas parejas de baile. María no escondía nunca nada, porque nada tenía que esconder, ingenua. Por todos es sabido que el último romance de María acabó saltando al vacío, y aunque los otros dijeron que suicidio, los compañeros sabían que Alfonso odiaba a Camus, tanto o más que a Houllebecq, pero menos que a Heidegger. Ramón podía ser celoso pero María nunca entendió sus enfados, como tampoco sospechó que la última escena estaba tomando un rumbo totalmente opuesto al guión. De todos es sabido que en la gran obra de Cafres no había enfrentamiento, y mucho menos que éste desencadenara en la muerte del protagonista tan precipitadamente. Si no recuerdo mal, Horacio iba a buscar a Adela una noche y ambos huían a caballo hasta la costa, donde les esperaba un barco a punto de zarpar dirección a España para empezar una nueva vida lejos de Adán, pero nunca Adán empuñaría un revolver y dispararía dos veces: uno a matar y otro a la luna. Los otros culparon a Alejandro (no el antes mencionado) el encargado de montaje por no haber cargado el arma con balas de fogueo, pero sus compañeros sabían que él sólo disponía bien el mobiliario de la obra. Para los compañeros de escuela Ramón tenía suerte por estar con María, no por seguir en libertad.

lunes, 13 de enero de 2014

En tu casa también hay sitios incómodos.

Podríamos decir que todo empezó cuando Candela le preguntó a Hugo si quería ser su amante, no de una manera especial: sin tocarse el pelo dudando o tragándose palabras entre frase y frase, fue un sencillo directo que Hugo no pudo esquivar ni negar. Como si se tratase de nada especial Candela estaba dispuesta a matar ese tiempo que la gente gasta leyendo o escuchando música con una compañía más que deseada. Desde entonces siempre tiene a alguien esperándole en la salida, un café cuando las noches son cortas y horas de pipas y cervezas, en la Habana o en el Zorro, Voltaire o en la Paralela y qué mal está el país y no me hables de ese compañero tuyo porque es muy torpe socialmente y no quiere solucionarlo. Aunque a Hugo no le supuso mucho sopesar los pros y los contras de tener amante (digamos que Candela era una mujer modelo para Hugo), éste siempre tuvo problemas para compartir las cosas que se quedaban en la almohada o en el blog de su bolsillo que poco usaba. Como a todo el mundo, el tiempo ayuda a acomodarse a los nuevos hábitos y nuevas compañías. Si Candela bastaba las tardes enseñando a bailar a madres aburridas, Hugo avivaba su curiosidad en las bibliotecas o en las tiendas de discos, pero siempre acordando previamente encontrarse en la salida del bar o desafiar al azar entre callejuelas y escaparates, o en la panadería de Mari Carmen, o en la tienda de olores que así llamaba Candela, o en el bar de la Juani (cabe destacar que el azar estaba cansado de perder tantos chances y ser testigo de ese encuentro casual que tú, e incluso yo, podríamos pensar que era premeditado). Si los protagonistas de las novelas que tanto leía Hugo se asemejaran a éste y a Candela y a su vida y relación podríamos decir que hubiera sido previsible todo lo que fuera a sucederles, pero la monotonía de sus costumbres o la ya simpleza de su sexo, o el desfase temporal que había entre las novelas y esta idílica relación de este fatigoso siglo condujeron a lo contrario. Hay muchas variables en este problema, pero yo desde el punto de vista de un testigo presente, pienso que quizá se debiese a ese virus que merodea estos años y el que tienen la mayoría de las personas que les hace pensar que su vida tendría que ser mejor, o que su existencia no está lo suficientemente justificada, o simplemente que el tiempo no está bien gastado si no se viaja, si no se aprende un idioma o si no se tiene la carrera tan necesaria para comer, el que hizo que Candela buscara un nuevo amante, David, no comparable con Hugo, ni mejor ni peor, David y Hugo o Hugo o David. Si uno era simpático e inteligente, el otro era inteligente y simpático. Si para Hugo dormir era un claro ejemplo de la falta de café, David no entendía una conversación sin una cerveza o un vino, si Hugo pipas y tardes tirados en el césped del parque con podríamos ir a la playa en Julio que no creo que haya medusas que tanto miedo te dan, David prefería un par de latas en la plaza y mejor nos esperamos a la semana que viene para ir al cine que estrenan la nueva película del pedante aquel y este invierno vamos a la montaña, si Hugo acaricia el cuello y le besa la nuca y sus orejas rojas, David dibujaba tornados en su ombligo y su piel se erizaba: y los tres caen rendidos y se despiertas y Hugo café y David leche, y Candela descuartiza a las rutinas con una navaja de una manera muy cruel haciéndolas desaparecer junto con quién esté ahí, arrastrándoles al fondo de un profundo agujero, tragando como las mareas. Pero Hugo está mejor: tiene nuevas costumbres.

Bajas la temperatura hasta paralizar al tiempo.

Hoy no sé, pero no te puedo volver a mirar. Anoche mataste a mi perro, por una de tus rabietas, o por una de tus incongruencias, uno de tus parámetros ha caído en un punto caótico, en un tornado, una ventisca, un maremoto o terremoto, y para mi es imposible estudiar esos casos de inestabilidad. No lo sabrás, porque no eras tú, eras mi cabeza en tu cuerpo y mis miedos vestidos con esas mallas y con pintalabios y el perfume que confunde cuando ando por la calle y es un rastro que podría seguir pero que sé donde me llevaría y dónde no quiero ir, eras todo lo bueno y todo lo malo sentada en una cama llorando porque no estás conforme con lo que significa no y las cosas que no son relativas no las quieres entender. Sin razón, has o hemos apuñalado al perro que nunca he tenido, lo he metido en la bolsa agujereada moribundo, buscando un hospital apto que cerrara el agujero que rezumaba muerte, creo que he dado varias vueltas a la misma manzana, dejando un rastro inconfundible, manchando de sangre las aceras: cada paso que daba ahogaba a mi perro en su propia sangre y en su muerte. Yo no sabía que tenía perro, pero lo has matado y mi verdadera preocupación no era la muerte del animal, sino que tus actos inexplicables puedan deberse al alzar y no a la consecuencia de nada.

jueves, 9 de enero de 2014

El subconsciente siempre me miente.

- No es un defecto, es una particularidad. Le gustaba la música que podía tararear o tocar: oh esas baquetas cómo las movía. Si tiene prisa andará más deprisa que tú, te lo aseguro. Si para desayunar haces café para dos, intenta que ella tenga un poco más, te lo agradecerá infinitamente: te regalará sonrisas y si no te lo ha dicho, comparará el café con el dulce de los niños y lo mezclará con tabaco y tardes de no hacer nada y otra vez ese disco que le levanta tanto ánimo y a mi tanto me deprimía y el humo con la luz de un flexo, que parece que pese y sea tangible con su inefable forma que te recuerda a las telas de araña de los techos altos de las casas viejas, de los pueblos abandonados, que tanto la maravillaban y yo (tú) envidiando su abstracción que la borraba del mundo segundos eternos y fugaces tardes que se convertían en noches y noches que se convertían en películas en idiomas que jamás aprenderé y subtítulos que no quería leer, y cerveza o vino, y discusiones de supuestos que nunca son e hipotéticos que nunca serán y otra vez las piernas se nos (os) enredan tanto que sólo la casualidad las desenredará, o un dame un beso porque esta película no me gusta y me va a hacer llorar y entonces un beso lleva a otro beso que trae otro beso y otro cerca de la boca, la nariz, los ojos y te mira (de cerca te mira), te posee ( me posee), me bloquea (nos bloquea), y el beso se convierte en un abrazo infantil y juguetón y los de la película son testigos de esta pelea, gente que nos oye pero que no puede salir de ahí, de la jaula en la que los habéis (hemos) metido, deseando ser ella y ser tú (yo), llamando a voces vuestra (nuestra) atención, luchando en vano y muriendo por un beso, y luego otro y luego una caricia en la espalda, el pelo de su nuca y vuelvo a sentir calor.
- Te excedes donde no se te está permitido.
- Mi humor nunca excede. ¿Te gusta el ajedrez? No sabe jugar con negras. Déjale blancas: peón de rey, caballo de rey. Cada partida es un mundo para ella (para nosotros): peleará sus quince movimientos y luego pedirá las tablas abatida, pero nunca derrotada. No pienses que serás aburrido. No deseo suerte porque me parece muy triste hacerlo. Cuídala.

sábado, 4 de enero de 2014

Las cenizas del tabaco, las cenizas.

La alfombra tiembla cuando la puerta suena y sus tripas de destripan y entramos, la alfombra no aguanta más nuestro peso y muchos menos nuestras sacudidas y el calor que la cerveza caliente nos da. Envidia al sofá, primera víctima y un testigo de nuestras peripecias y nuestros viajes en alfombra (tomamos cualquier cosa y viajamos en alfombra, dijeron unos), la televisión no deja de observarnos con ese ojo rojo que todo lo ve cuando no hay luz y todos duermen. Te puedo discutir, y puedo demostrarte con mucha paciencia y más cerveza, sí, más cerveza y más veneno, que esos sonidos tienen mensajes difíciles de descifrar, describen rutas, atajos en el espacio tiempo que en una tarde con mucha cerveza y mucho veneno es imposible de explicar, mejor sentémonos en la mesa con papel y bolígrafo y empecemos la lección con fórmulas básicas y acabemos con dibujos y esta eres tú disfrazada con bigotes y gigantes patas y olvídate de todo lo que te he explicado: sigamos escuchando.