martes, 14 de enero de 2014

Revueltas en las salas.

Todos los que estaban sentados esperaban con gran inquietud que la obra se reanudara, pero los que nerviosos recogían sus abrigos sin preocuparse de dejar demasiado sucia la butaca temían que pudiera continuar nada de ese final. La luz que recibió el disparo seguía parpadeando, los actores lloraban porque actuaban muy bien o su actuación había transcendido al mundo real. Horacio, el protagonista, seguía tumbado en el suelo del escenario, para los pacientes estaba alargando demasiado su actuación, para los más incrédulos ya no había nada que hacer. Y es que la discusión que tuvo con Adán, el antagonista de la obra, había acabado en una lucha encarnizada y en un fuerte alboroto, precedidos por un diálogo lejos de lo convencional: "tú no eres el tipo de persona que deba seguir vivo" o "hijo de puta" eran frases fuera de contexto, no sacadas del mítico libro de Cafres, revolucionario del teatro latinoamericano del siglo XIX. Dos disparos, un grito y una chispa, un silencio cargado de tensión y unos susurros rompedores por parte de los más impacientes. Horacio (Ramón) era un pobre labrador que un día viaja a la ciudad y conoce a Adela (María), la mujer de un millonario, Adán (Juan Carlos), que descubre el romance. Pero Ramón lejos estaba del campo y del trabajo, estudiante modélico de la escuela de Arte de Montevideo, entró a formar parte de esa compañía estudiantil por su enfermiza obsesión hacia María, estudiante no destacada pero mujer terrorífica para los hombres, deseada por todos y premio de un selecto grupo. María no perdía el tiempo, una hedonista moderna, hija de madre feminista alegre y trabajadora y padre desconocido; sus manías y su sonora risa eran conocidas por todas y su cadera y andares eran la envidia de muchas. El primer año de curso ya había recibido alguna oferta de grandes compañías teatrales uruguayas, pretendía por decenas de ilusos e inalcanzable para vulgares tomaba café tumbada boca abajo en la cama de Ramón y hablaban y discutían sobre los demás compañeros, pero sin gran inquietud, se reían de sus aspiraciones e imitaban a los actores encerrados en los pósters de sus cuchitriles. "Pues Francisco, el chico guapo de tercero, podría ser como James Dean si dejase de llevar bigote" reía María. Ramón fumaba por el placer de liar y el de ver las figuras que el humo dibujaba en el aire, odiaba el sabor del tabaco, incluso llegó a rechazar algún beso de María por esto. María fumaba por ser una vieja costumbre, pero ella sabía que lo hacía por Alejandro, el chico que siempre le gustó en el colegio. Tras el café, peleaban con las sábanas y nublaban la habitación con más humo, colapsaban el ambiente con humor y calor (siempre similar al del teatro con el incienso y el público), volvían a besarse el beso de los buenos días, a repetir el primero del día y después trataban inútilmente hacer levitar la cama otro día más, cada día más cerca de su propósito: "Joder María, has vuelto a perder la concentración" enfurecía Ramón y María reía tan alto que era impensable que el día pudiese ir peor. Ramón sabía de los flirteos de María, de su admirador secreto, de su correspondencia con hombres y de sus distintas parejas de baile. María no escondía nunca nada, porque nada tenía que esconder, ingenua. Por todos es sabido que el último romance de María acabó saltando al vacío, y aunque los otros dijeron que suicidio, los compañeros sabían que Alfonso odiaba a Camus, tanto o más que a Houllebecq, pero menos que a Heidegger. Ramón podía ser celoso pero María nunca entendió sus enfados, como tampoco sospechó que la última escena estaba tomando un rumbo totalmente opuesto al guión. De todos es sabido que en la gran obra de Cafres no había enfrentamiento, y mucho menos que éste desencadenara en la muerte del protagonista tan precipitadamente. Si no recuerdo mal, Horacio iba a buscar a Adela una noche y ambos huían a caballo hasta la costa, donde les esperaba un barco a punto de zarpar dirección a España para empezar una nueva vida lejos de Adán, pero nunca Adán empuñaría un revolver y dispararía dos veces: uno a matar y otro a la luna. Los otros culparon a Alejandro (no el antes mencionado) el encargado de montaje por no haber cargado el arma con balas de fogueo, pero sus compañeros sabían que él sólo disponía bien el mobiliario de la obra. Para los compañeros de escuela Ramón tenía suerte por estar con María, no por seguir en libertad.

lunes, 13 de enero de 2014

En tu casa también hay sitios incómodos.

Podríamos decir que todo empezó cuando Candela le preguntó a Hugo si quería ser su amante, no de una manera especial: sin tocarse el pelo dudando o tragándose palabras entre frase y frase, fue un sencillo directo que Hugo no pudo esquivar ni negar. Como si se tratase de nada especial Candela estaba dispuesta a matar ese tiempo que la gente gasta leyendo o escuchando música con una compañía más que deseada. Desde entonces siempre tiene a alguien esperándole en la salida, un café cuando las noches son cortas y horas de pipas y cervezas, en la Habana o en el Zorro, Voltaire o en la Paralela y qué mal está el país y no me hables de ese compañero tuyo porque es muy torpe socialmente y no quiere solucionarlo. Aunque a Hugo no le supuso mucho sopesar los pros y los contras de tener amante (digamos que Candela era una mujer modelo para Hugo), éste siempre tuvo problemas para compartir las cosas que se quedaban en la almohada o en el blog de su bolsillo que poco usaba. Como a todo el mundo, el tiempo ayuda a acomodarse a los nuevos hábitos y nuevas compañías. Si Candela bastaba las tardes enseñando a bailar a madres aburridas, Hugo avivaba su curiosidad en las bibliotecas o en las tiendas de discos, pero siempre acordando previamente encontrarse en la salida del bar o desafiar al azar entre callejuelas y escaparates, o en la panadería de Mari Carmen, o en la tienda de olores que así llamaba Candela, o en el bar de la Juani (cabe destacar que el azar estaba cansado de perder tantos chances y ser testigo de ese encuentro casual que tú, e incluso yo, podríamos pensar que era premeditado). Si los protagonistas de las novelas que tanto leía Hugo se asemejaran a éste y a Candela y a su vida y relación podríamos decir que hubiera sido previsible todo lo que fuera a sucederles, pero la monotonía de sus costumbres o la ya simpleza de su sexo, o el desfase temporal que había entre las novelas y esta idílica relación de este fatigoso siglo condujeron a lo contrario. Hay muchas variables en este problema, pero yo desde el punto de vista de un testigo presente, pienso que quizá se debiese a ese virus que merodea estos años y el que tienen la mayoría de las personas que les hace pensar que su vida tendría que ser mejor, o que su existencia no está lo suficientemente justificada, o simplemente que el tiempo no está bien gastado si no se viaja, si no se aprende un idioma o si no se tiene la carrera tan necesaria para comer, el que hizo que Candela buscara un nuevo amante, David, no comparable con Hugo, ni mejor ni peor, David y Hugo o Hugo o David. Si uno era simpático e inteligente, el otro era inteligente y simpático. Si para Hugo dormir era un claro ejemplo de la falta de café, David no entendía una conversación sin una cerveza o un vino, si Hugo pipas y tardes tirados en el césped del parque con podríamos ir a la playa en Julio que no creo que haya medusas que tanto miedo te dan, David prefería un par de latas en la plaza y mejor nos esperamos a la semana que viene para ir al cine que estrenan la nueva película del pedante aquel y este invierno vamos a la montaña, si Hugo acaricia el cuello y le besa la nuca y sus orejas rojas, David dibujaba tornados en su ombligo y su piel se erizaba: y los tres caen rendidos y se despiertas y Hugo café y David leche, y Candela descuartiza a las rutinas con una navaja de una manera muy cruel haciéndolas desaparecer junto con quién esté ahí, arrastrándoles al fondo de un profundo agujero, tragando como las mareas. Pero Hugo está mejor: tiene nuevas costumbres.

Bajas la temperatura hasta paralizar al tiempo.

Hoy no sé, pero no te puedo volver a mirar. Anoche mataste a mi perro, por una de tus rabietas, o por una de tus incongruencias, uno de tus parámetros ha caído en un punto caótico, en un tornado, una ventisca, un maremoto o terremoto, y para mi es imposible estudiar esos casos de inestabilidad. No lo sabrás, porque no eras tú, eras mi cabeza en tu cuerpo y mis miedos vestidos con esas mallas y con pintalabios y el perfume que confunde cuando ando por la calle y es un rastro que podría seguir pero que sé donde me llevaría y dónde no quiero ir, eras todo lo bueno y todo lo malo sentada en una cama llorando porque no estás conforme con lo que significa no y las cosas que no son relativas no las quieres entender. Sin razón, has o hemos apuñalado al perro que nunca he tenido, lo he metido en la bolsa agujereada moribundo, buscando un hospital apto que cerrara el agujero que rezumaba muerte, creo que he dado varias vueltas a la misma manzana, dejando un rastro inconfundible, manchando de sangre las aceras: cada paso que daba ahogaba a mi perro en su propia sangre y en su muerte. Yo no sabía que tenía perro, pero lo has matado y mi verdadera preocupación no era la muerte del animal, sino que tus actos inexplicables puedan deberse al alzar y no a la consecuencia de nada.

jueves, 9 de enero de 2014

El subconsciente siempre me miente.

- No es un defecto, es una particularidad. Le gustaba la música que podía tararear o tocar: oh esas baquetas cómo las movía. Si tiene prisa andará más deprisa que tú, te lo aseguro. Si para desayunar haces café para dos, intenta que ella tenga un poco más, te lo agradecerá infinitamente: te regalará sonrisas y si no te lo ha dicho, comparará el café con el dulce de los niños y lo mezclará con tabaco y tardes de no hacer nada y otra vez ese disco que le levanta tanto ánimo y a mi tanto me deprimía y el humo con la luz de un flexo, que parece que pese y sea tangible con su inefable forma que te recuerda a las telas de araña de los techos altos de las casas viejas, de los pueblos abandonados, que tanto la maravillaban y yo (tú) envidiando su abstracción que la borraba del mundo segundos eternos y fugaces tardes que se convertían en noches y noches que se convertían en películas en idiomas que jamás aprenderé y subtítulos que no quería leer, y cerveza o vino, y discusiones de supuestos que nunca son e hipotéticos que nunca serán y otra vez las piernas se nos (os) enredan tanto que sólo la casualidad las desenredará, o un dame un beso porque esta película no me gusta y me va a hacer llorar y entonces un beso lleva a otro beso que trae otro beso y otro cerca de la boca, la nariz, los ojos y te mira (de cerca te mira), te posee ( me posee), me bloquea (nos bloquea), y el beso se convierte en un abrazo infantil y juguetón y los de la película son testigos de esta pelea, gente que nos oye pero que no puede salir de ahí, de la jaula en la que los habéis (hemos) metido, deseando ser ella y ser tú (yo), llamando a voces vuestra (nuestra) atención, luchando en vano y muriendo por un beso, y luego otro y luego una caricia en la espalda, el pelo de su nuca y vuelvo a sentir calor.
- Te excedes donde no se te está permitido.
- Mi humor nunca excede. ¿Te gusta el ajedrez? No sabe jugar con negras. Déjale blancas: peón de rey, caballo de rey. Cada partida es un mundo para ella (para nosotros): peleará sus quince movimientos y luego pedirá las tablas abatida, pero nunca derrotada. No pienses que serás aburrido. No deseo suerte porque me parece muy triste hacerlo. Cuídala.

sábado, 4 de enero de 2014

Las cenizas del tabaco, las cenizas.

La alfombra tiembla cuando la puerta suena y sus tripas de destripan y entramos, la alfombra no aguanta más nuestro peso y muchos menos nuestras sacudidas y el calor que la cerveza caliente nos da. Envidia al sofá, primera víctima y un testigo de nuestras peripecias y nuestros viajes en alfombra (tomamos cualquier cosa y viajamos en alfombra, dijeron unos), la televisión no deja de observarnos con ese ojo rojo que todo lo ve cuando no hay luz y todos duermen. Te puedo discutir, y puedo demostrarte con mucha paciencia y más cerveza, sí, más cerveza y más veneno, que esos sonidos tienen mensajes difíciles de descifrar, describen rutas, atajos en el espacio tiempo que en una tarde con mucha cerveza y mucho veneno es imposible de explicar, mejor sentémonos en la mesa con papel y bolígrafo y empecemos la lección con fórmulas básicas y acabemos con dibujos y esta eres tú disfrazada con bigotes y gigantes patas y olvídate de todo lo que te he explicado: sigamos escuchando.