viernes, 4 de julio de 2014
Edición ilimitada.
Soy un buitre carroñero, un mal jugador (de cartas, de ajedrez, de cara o cruz), un mal jefe y peor líder. Mal amante y peor pareja. Un mal bebedor , un fumador empedernido y un resignado melancólico. Pero un buen hombre. Mal predicador y peor juez, mal lector y mal escritor. "Something special, isn't it?" me dijo McCurry. Antes los discos eran más largos, y pasar la tarde con uno sólo se me hace muy repetitivo. Echarse y Meat is Murder, y a mi techo le falta color o cuadros o una buena pizarra blanca donde escribir y pintar basura. El problema principal sería pintar y borrar, y justo ahora me he dado cuenta que pierdo demasiado el tiempo mirando una pared blanca y una esquina: origen y ejes. Siempre, como si fuera a desarrollar una idea geométrica y llegase a una conclusión que jamás hubiera imaginado. Mis pantalones me pesan y su cintura ya no me abraza tan fuerte como antes. Porque ahora cocinar me supone un gran esfuerzo, y el apetito hace días que me abandonó. Me estoy convirtiendo en una planta que sólo duerme y fuma, que espera que llueva porque los días soleados le agobian creyendo que los podría aprovechar mejor si no tal y si sí tal. Va a llegar el verano, este año sí que habrá, y no estoy interesado. Le pregunto a Junio si tendré suerte y me contesta con días largos y solitarios. No te tengo miedo Junio, porque hoy, ahora, no me importa cuantos días tengas ni si me darás fuerzas o serás otro Junio más de "tuve que" y "si hubiera hecho tal" y "no tendría que haber". Que te jodan porque no necesito nada y no soy consciente hasta que tengo de más. Y que te jodan a ti también, Junio.
Jizz
Somos Jizz, somos los nuevos punquis, enemigos del siglo XXI y amigos del ocio barato. Leemos en el bus y escuchamos nuestros discos nuevos en sofás de terciopelo, con tabaco de liar, con el techo mirándonos, con el calor molestando. Nos da igual lo que pasa, nos da igual la injusticia, nos gusta veros y no hablar. A los nuevos punquis, a los JIZZ, no nos gustan los punquis de los setenta, ni de los ochenta, ni de los noventa; nos gusta Mersault y vuestra autocrítica. Buscamos el dinero fácil con caballos, perros y tarjetas amarillas. Destrozamos éticas y morales, transmitimos nada y los jóvenes absorben. Nuestros Dioses murieron o salen en youtube, pero queremos morir como Kenneth Caulfield en un océano repleto de bowling balls.
Tazas con ceniza y café.
Tomás retrocedía demasiado en el tiempo camino del trabajo: redescubría el lunar secreto de Marta cada vez que el semáforo le retenía, besaba su ombligo y acariciaba con sus labios las ingles que Marta cuidaba tanto (muy atenta dada la simpatía que Tomás tenía por ellas). Aparcar el coche y salir de él le recordaba las mañanas en las que se levantaba temprano y le dejaba el café preparado a Marta, acompañado de una pastilla de mantequilla para que poco a poco se fuera derritiendo y a Marta le fuera más fácil extender en las tostadas. Su jefe, Antonio, una persona respetada y respetuosa, pasaba por alto los retrasos de Tomás y también los poemas y frases que escribía en los baños. Yo también sufrí con la muerte de mi hija, justificaba Antonio. Tomás no sufría la ausencia de Marta: ahora su imagen era más nítida y el recuerdo es más bello cuanto más tiempo pasa. Ana, la joven que trabajaba en el bar de la empresa, utiliza el mismo perfume que utilizaba Marta; la sonrisa de la chica del telediario de las dos es la de de Marta; el pelo alborotado de la vecina son mañanas de domingo y resacas espantosas. Los discos de Tomás son noches cortas de bailes tontos y risas cariñosas. El verano son cervezas y pipas en "la lateral" y los inviernos mantas y películas. Tomás no sufría la ausencia de Marta, sino haber perdido a una compañera de viajes interestelares, una compañera que siempre le recordaba "qué pequeño es todo desde aquí arriba".
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