viernes, 4 de julio de 2014
Tazas con ceniza y café.
Tomás retrocedía demasiado en el tiempo camino del trabajo: redescubría el lunar secreto de Marta cada vez que el semáforo le retenía, besaba su ombligo y acariciaba con sus labios las ingles que Marta cuidaba tanto (muy atenta dada la simpatía que Tomás tenía por ellas). Aparcar el coche y salir de él le recordaba las mañanas en las que se levantaba temprano y le dejaba el café preparado a Marta, acompañado de una pastilla de mantequilla para que poco a poco se fuera derritiendo y a Marta le fuera más fácil extender en las tostadas. Su jefe, Antonio, una persona respetada y respetuosa, pasaba por alto los retrasos de Tomás y también los poemas y frases que escribía en los baños. Yo también sufrí con la muerte de mi hija, justificaba Antonio. Tomás no sufría la ausencia de Marta: ahora su imagen era más nítida y el recuerdo es más bello cuanto más tiempo pasa. Ana, la joven que trabajaba en el bar de la empresa, utiliza el mismo perfume que utilizaba Marta; la sonrisa de la chica del telediario de las dos es la de de Marta; el pelo alborotado de la vecina son mañanas de domingo y resacas espantosas. Los discos de Tomás son noches cortas de bailes tontos y risas cariñosas. El verano son cervezas y pipas en "la lateral" y los inviernos mantas y películas. Tomás no sufría la ausencia de Marta, sino haber perdido a una compañera de viajes interestelares, una compañera que siempre le recordaba "qué pequeño es todo desde aquí arriba".
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