domingo, 13 de septiembre de 2015
Camiones que no son de juguete.
Supongo que da igual irse a tomar por culo, ya sean 15.000km que 400 metros, da igual que exista el skype o el whatsapp: la distancia puede ser inmensa y los números totalmente irrelevantes. La vida por etapas, algunas con desnivel y otras en llano. Al final va a ser cierto que la diversión está estrechamente relacionada con el porcentaje de alcohol que hay en tu sangre y que la felicidad ya no es cuestión de inteligencia ni de vida sana. Hay días que parece que ves el final del túnel, pero simplemente es una bombilla que el ingeniero puso ahí para saber dónde cojones estaba cavando y por dónde cojones tenía que seguir cavando. Quizá al final del túnel no haya una luz, quizá es otra mentira que la sociedad ha creado para mantener nuestras mentes ocupadas con la esperanza de que algún día la veremos. Pero la veremos. La veremos en toda su esplandor, y tendrá olor a café con tacto de terciopelo. No tengo ni idea a qué sabrá, si será también café o tabaco. La luz la veremos vestida con ropa interior, cansada, tirada en el sofá y discutiendo de cosas irrelevantse pero suficientemente importantes como para hacernos perder la tarde a ti y a mi. Otra vez yerba. Otra vez té. Otra vez yerba. No. No es otra película con un final triste. No. No es otro capítulo de tu serie favorita. No. No es un libro de ninguna saga de ningún escritor muerto. Todavía no ha llegado el asteroide que nos iba a pulverizar ni el virus mundial que no evitaríamos por ser demasiado poco precavidos. No habrá apocalipsis zombie. Sólo habrá madres locas capaces de matarte poco a poco con sus argumentos totalmente estúpidos.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Daydream nation.
¿Sabes esa sensación que viene cuando tus piezas están estancadas y los únicos planes que pueden cambiar la partida son un sacrificio todavía más estúpido que el anterior? Cuando tus peones no pueden avanzar, tu caballo le corta la autopista al alfil blanco, el negro lo cambiaste por su yegua, y las torres siguen sin estar conectadas. Sí, toca mover. Puedes plantear otro nuevo sistema para la victoria, pensar y pensar, esperar la iluminación que nunca tuvimos, esperar al error del mundo entero. Sí, no hay escapatoria. Mi plan ha llegado a su fin, vosotros os habéis sabido defender de mi ataque constante y de mis sacrificios cuanto menos dudosos. Hoy, sólo ha sido hoy, me he dado cuenta que nunca supe jugar bien al ajedrez y por ende a la vida. Ahora ya no hay miedo al qué vendrá: el estancamiento es muerte. El miedo a la derrota es todavía mayor que a la derrota misma. Me toca mover. Quiero jugar con un 'control z' en mi bolsillo. Me conozco. Me conozco y sé que si pudiera hacerlo estaría en peor situación, arriesgaría mucho más y la derrota quizá ya hubiese llegado. Con una Volky aparcada en el paseo marítimo, pagando la zona azul de la sociedad, fumándonos nuestra yerba cuidada con más cariño que a nuestro perro, viviendo en la burbuja alternativa a la realidad, idéntica a la realidad, empañada con películas muy malas, obras de arte, discos para cada estado de ánimo y, duérmete en mis piernas, pon la cabeza y relájate que te despierto cuando necesite echarme en la cama. Somos el pingüino que todavía sigue caminando esperando llegar al acantilado, imposible de rectificar. Un pingüino ciego tan perdido que lo único que tiene claro es que no quiere estar en la cinta transportadora en la que los demás suben. Sabemos donde está el norte y no queremos ir ahí. Vamos a caminar hasta dar cuarenta vueltas al puto globo buscando el maldito acantilado. Vamos a cruzarnos trescientas veces: en el ecuador o en greenwich, en tu casa o en la mía, en la Habana o en Lousiana, en Marte o en las órbitas vecinas, en este infierno de ovejas locas o en otra vida. Debo caminar muy rápido porque he vuelto a donde estaba. Debo dar vueltas en círculos. Debe ser una pesadilla. Debo estar muerto.
sábado, 5 de septiembre de 2015
Chowder
Cuando creía que la luz era más zen volvía a verme en el espejo con la gorra de caza roja, fumando pitillos y comparando a los demás con marionetas teledirigidas, phonies ricos con camisetas de segunda mano, likes que se olvidan de clicar. Hecho de menos verte excitada por minucias. La cultura no debe ser gratis, y la libertad de opinión nos ha traído profetas gilipollas buscando proselitismo, con la razón metida en el bolsillo con forma de moneda: hoy la tengo yo. Ayer confié en tipsters que me dicen que tal caballo ganará en tal canódromo y que tal perro se conoce muy bien Ascot para perderse buscando liebres; hoy, Juani por favor, fíame una cervecita más que si vuelvo a casa me fumo los cigarros sin filtro. Dame un cigarrito que me comen los nervios, despacio. Los jizz murieron antes de nacer y el cine quiere matar a Salinger para vivir de su herencia. Dejadle. Dejad a Seymour y a Holden por favor. Dejadnos. Los vais a matar. Hay infiernos de los que todavía no os habéis percatado. Tengo suficiente con escucharos hablar, con leeros: Dios, estáis totalmente enfermos. No por darle más veces al "intro" hacéis mejor poesía. La paradoja de la soledad. La paradoja de la conexión. Ejercicios de evasión en youtube, rápido, vuestro nuevo dogma. Tenemos hasta música para estudiar. Música para drogarnos. Drogas audiovisuales. Por favor parad, dejadme que tosa tranquilo, dejad de darme vuestra opinión (aunque os la pida), parad. Contagiáis.
martes, 6 de enero de 2015
Resaca prefiesta.
No voy a ir a clases de baile, no voy a profesionalizar mis pasos, no voy a presumir de saber bailar, no voy a compararme con tu profesor, voy a seguir borracho haciendo "la uve", voy a clavar los pies y a tensar las rodillas y a mover sólo la cadera y después un poco las manos y ahora poco los pies y adelante atrás izquierda izquierda derecha y ahora tengo una cuerda invisible que los mejores mimos envidiarían y te lanzo el anzuelo que estaba atado y, como si de un pulpo se tratase, te pescaré y atraeré: darlin', tienes mi cerveza. Mira que bien lo hace esa pareja, me dices. Pero escucha, son ellos los que nos envidian. Ellos no coordinan tan mal borrachos y eso es nuestro verdadero baile. Su samba no tiene besos furtivos, no tiene ataques súbitos de lujuria. Su swing respeta las cáscaras de pipas muertas en el suelo, su mambo es más frío que las mañanas en las que te quedas con toda mi colcha, su boogaloo es una mala copia de un vídeo de Manny Corchado, su baile de salón apesta a delicado perfume, a sofisticado entrenamiento, a baile nupcial, a mala película americana. Ve tú a bailar con ellos y aprende lo que quieras que yo seguiré derramando sudor y sudando cerveza, mordiéndote la comisura de los labios, susurrándote "increíble canción". Y cuando lleguemos a casa y para ellos la fiesta haya terminado it's time to dance porque nuestro último baile es el mejor, el que hacemos en el salón, con el sofá observándonos, la televisión retransmitiendo nuestro reflejo y los vecinos todavía ajenos a nuestra particular batalla sin enemigos; y tú y yo más lascivos que nadie, con Thee Oh Sees o los Growlers o lo que el azar quiera que esté en el reproductor. Ve tú a clases de baile: los bailarines profesionales me envidian, apuestan a mi número favorito y a mis galgos y caballos, conocen todas mis corazonadas y apuestan todavía más fuerte que yo, repiten mis hábitos en el mismo momento del día (lo llaman "el ritual de Walt"), van a mis bares y beben lo mismo que yo. Créeme, de verdad, he creado un ejercito de supersticiosos, clones que envidian, clones que ya sólo se preguntan dónde encontrar a una Marylou como tú que les enseñe a bailar.
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