martes, 2 de diciembre de 2014

No hay que entender a Seymour.

Nos juntamos para mirar al espacio y me dices "lejana astronomía" pero yo sigo una y otra vez con las corrientes circulares en el tiempo que nos atraen, por motivos más incomprendidos que el magnetismo: los científicos que no llegan a buen puerto lo llaman "instinto". Hoy le llaman la Juana para hacerse más amiga y me cuesta ver a gente sin complejos y sin vergüenza, cantando canciones de otros, cantando y tocando mal las canciones de otros. También la gente tan feliz es más deprimente en casa. La niebla asola las mañanas en la ciudad del viento, pero el mediodía la tortura y le obliga a refugiarse dentro de las alcantarillas, refugiarse y esperar a las cinco de la mañana para volver a salir y darme unos buenos días: si me cambian la hora que sea a mejor. Hoy te pido que dejes de seguirme, que llevas una semana molestando, que aún no te he encontrado en sueños pero sé que cualquier día estás ahí para recordarme que miento más que hablo (pero no), para restregarme que hace tiempo que necesito volver a mi sofá, que el veneno no es veneno si no se fuma, que las noches frías son mejor con la calefacción apagada y tú, tú con mis calzones y mis camisetas favoritas corriendo al baño, siendo la mujer radiador; mis piernas se pelean entre tanta tela-colcha-sábana y las tuyas me protegen de otra pesadilla en el ártico o en el antártico o en el estanque intentando liar el cigarrillo mientras discuto con diciembre: ya sabes que todavía no sé dormir vestido. Tampoco sé bañarme solo: somos sanguijuelas encarceladas en mármol o porcelana mojada, peleando contra la fricción, chupándonos la sangre, acariciando tus pechos y tu piel se eriza poco a poco: estamos tan calientes como el agua y ya tenemos frío. Frío cuando no tengo tus piernas calefacción. Necesito mi dosis de sofá, es algo que puede matarme, o llevarme a un estado psicótico, ansiado. Hoy no necesito comer, ni beber, ni Mac DeMarco. Hoy necesito montarme otra vez en mi nave espacial y convertirme en Botero pintándote desnuda, con los ojos rojos, bailando música que ni siquiera te gusta. Tuve que haber nacido músico para escribir canciones cutres.

Soy el jizz porque soy antijizz.

Son los sueños de los yonkis los que nos hacen seguir con vida, los que nos unen más que el pegamento, dormir caliente, oler a película en el cine y paseos nocturnos hasta casa; echándole carreras al tranvía, abrazarnos con sabor a demasiado vino y tú siempre tan pasional y yo con tanto frío debajo de la colcha: tus piernas mi calefacción y mis batallas nocturnas (algunas cuando deambulas), son el espectáculo que todos quieren ver en sus televisiones. Despertarnos con el frío de la ausencia y con el antojo de café y cigarrillos: con tanto tabaco ya no sé si siguen siendo dulces tus dedos y tus besos, si sigues sabiendo tan bien, si es mi lengua que también se ha contagiado de futilidad o soy yo con otra crisis de inutilidad, o según tú: "los desvaríos de las noches largas ya te duran hasta que sale el sol". Levantarse para buscar el ciego barato y dormir caliente, sin daño cerebral. Hoy tampoco: a nadie le importan los sueños de los yonkis. Los paraísos tropicales, las islas de ensueño, las playas cristalinas y los bosques frondosos y anónimos están abarrotados de soñadores, repleto de evasores: víctimas de rutinas.