martes, 31 de diciembre de 2013

Nunca he querido ser como él, pero hoy lo sería por unos minutos.

Y ese piloto alemán está preguntando si puede morirse el último día de este año, quizá impaciente por empezar el próximo año mejor que como acabó, o curioso por lo que pueda pasar. Las enfermeras entran con sus artilugios, sus faldas, con la seguridad de que hoy son demasiado bonitas para una muerte, con sus jeringuillas embolsadas, sacos de suero, y otra vez con la falsa idea de que ellas son responsables de la muerte o vida de este, y ya viejo, piloto. Los periodistas suponen y verifican, con liosos estudios e incoherentes conclusiones que el piloto viajaba a gran velocidad, que el terreno no era ni mucho menos adecuado, y que los núcleos de Urano y Neptuno, los planetas más azules de los que jamás estaremos tan cerca, se alinearon. Demos gracias que eran Urano y Neptuno, y no los rojos de Marte y creo que Júpiter: hubiera sido desastroso. El famoso piloto alemán ha sido el caso más sonado, pero otras tantas personas han sufrido (o mejor dicho, hemos sufrido) accidentes similares o peores: Shira, la perra de mi madre, llora todo el día, sufre pinchazos en su delicada espalda; a la novia de mi hermano le clavaron un puñal tantas veces como horas tiene medio día, pero las sufrió de madrugada; a mi se me olvidó bajar la basura y mañana es fiesta. Otras tantas personas de las que ahora no puedo hablar sufrieron de manera mucho más directa haber pertenecido durante unos instantes a dicha recta interestelar. La solución para los que sufrimos estas vicisitudes es dormir, cargar nuestra energía, recordar las duchas de las que hablaba Bukowski, tomar la eterna autopista de Cortázar, con Moriarty, y organizar nuestro reino entre coches atascados y gente nerviosa por desaprovechar su estimado tiempo. El piloto alemán, como cualquier persona que no sea piloto ni alemán, morirá un día de estos, pero prefiere hacerlo hoy para empezar bien el año. Puedo opinar lo mismo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Fercho, no fumes con la ventana abierta que entran ideas.

¿Y si te digo que siempre he tenido miedo? Miedo al sí, y miedo al no, miedo a los espacios grandes, a los lugares nuevos, a la rutina y a las buenas costumbres, al presente, futuro y pasado, a estar solo o estar demasiado acompañado, a la velocidad, a las mujeres (sí, a las mujeres), a la inteligencia ajena y a la ignorancia, a los viajes largos, a las noches largas, a los días, al insomnio y a la pereza, y sí, al silencio. Hoy mi mayor miedo es el silencio. Hoy odio el silencio, quizá lo odie más que ayer o lo tema más que hace dos. El silencio me incita a pensar, a recordar y pensarte, a practicar conversaciones hipotéticas que no tendremos, a leernos en braille hasta resumirnos en sábanas y mordiscos. El silencio corrige mis palabras y me convierte en mejor persona. Siempre tengo miedo, y quizá nunca lo supieras. El silencio es conducir tu propio coche y poder decir "me voy de aquí" cualquier día, el momento que quiera. Pero hoy no quiero poder. Hoy no quiero decir nada, hoy no quiero ser yo. Hoy quiero renunciar al silencio. Temo las noches, pero porque más le temo a él. Me da igual que la cama esté fría, que no haya nadie o que huela al detergente de oferta, que no estés, que tenga que madrugar o que mañana sea domingo: odio el silencio. El silencio eres tú. El silencio eres tú sentada en una toalla con tu bikini, con esa humedad y ese calor que tanto te abrazan y que tanto envidio. El silencio. Si alguien me pregunta a que tengo miedo diré que a la muerte y a la soledad y compartiré miedo con muchos. Pero puñetero silencio. Eres la señora silencio. No serás más señoras, no te dejaré ser la señora cine, o la señora ruido, o la señora música, señora droga, señorita Malkova. Tengo miedo a tenerte miedo. Miedo a que no sólo seas silencio.

viernes, 16 de agosto de 2013

Fernando hijodeputa.

Era otro descanso intenso, intenso porque siempre lo pasaba solo, con un café solo y la mayor parte de las veces se me pasaba volando. Me preguntaba por qué la gente en España andaba con vasos de plástico o con esos vasos que no son cartón, pero tampoco plástico. Bueno, me preguntaba por qué a la gente no le gustaba tanto el café, como a mi, y por qué por la calle no había personas de un lado para otro con grandes vasos, bebiendo café como los americanos. También me preguntaba cómo cojones se llamaba la plaza donde siempre iba a descansar pero de la que nunca me preguntaba el nombre, Plaza señora del Carmen, o nuestra, o no sé muy bien si tiene determinante posesivo. También me preguntaba si la rubia, con esos pantaloncitos, sí, la que nunca me mira pero que un día nos saludó, iba a salir también a descansar y hablaríamos o se tomaría el café conmigo. Ese día no llevaba las gafas, y mi vista no alcanzó para ver si también ella salió de la biblioteca. También, cómo no, me preguntaba el sentido de mis pesadillas, y por qué seguía recordando a la ex. No tengo que exagerar, no solían ser pesadillas, pero ella era la protagonista, y siempre ganaba. Busqué comparaciones, si alguna vez me había pasado algo así (por supuesto que no), si conocía a alguien que sufrió un caso similar (por supuesto que no), y finalmente llegaba a cuestionarme seriamente si hice bien todo lo que hice. Era curioso, tendía a sentirme cada vez más culpable de todos los enfrentamientos que tuvimos, y paradójicamente, me arrepentía de no haber sido otra persona, una persona más sensible y cercana. Supongo que preguntarse no está mal, pero siempre acabo preguntándome el por qué y el significado de las cuestiones mismas, del origen de las dudas. Siempre que hacía eso me acordaba de las infinitas tortugas gigantes que soportaban la tierra hacía siglos, según no sé qué griego: cada pregunta era una tortuga más, o meno, un nivel superior o inferior. A medida que conocía una tortuga nueva, sentía que crecía mi ansiedad: llegar a una tortuga nueva implicaba haber encontrado respuesta a la pregunta anterior, sana o no, coherente o no, justificada o no, deseada o no. Gracias a Dios, estaba llegando a un nivel nada sano en menos de cinco minutos y alcé a tener otra crisis de identidad, de existencia, y de culpabilidad justo cuando llegó un viejo con zapatos rojos, gafas de sol, una bolsa llena de medicamentos y fumador. Murmuró un "hola", y yo contesté con un qué tal señor, buena mañana. "Vengo de buscar mis medicamentos, otro día más". Vaya, es lo que a cada uno le toca. "¿Tú que tal? tienes mala cara". La gente mayor, aunque no tenga estudios o cualquier mierda que tanto valor le da la gente hoy en día, siempre saben mucho más que yo. Estoy bien, he tenido varios días pesadillas y creo que me cuestiono demasiado las cosas. El viejo, gracias a Dios, no hizo ninguna analogía con su vida, ni trato de comparar situaciones. Comencé a explicarle mis dudas, como si fuera mi padre o mi hermano (creo que la gente pide consejo a sus hermanos o padres). En ese momento, quizá cuando el viejo iba a darme un consejo memorable apareció una joven, nada preciosa, aunque desprendía bondad y parecía buena persona y me preguntó si había visto a un hombre con mochila. Yo mismo me pregunté si había visto a algún hombre, quizá con gafas de sol, de unos cincuenta años, con botas de montaña, una mochila de unos cincuenta quilos de color verde, mirando de lado a lado y buscando algo o a alguien. Fue la pregunta más estúpida y absurda que me habían hecho esa semana. Le contesté ¿un hombre? no lo siento. La respuesta fue más absurda todavía. La chica echó a correr hacia Independencia, y eso hizo que despertase y saliese de mi burbuja: el hombre estaba ahí, pero ni siquiera le devolví el saludo cuando se sentó en el mismo banco. Había estado cerca de diez minutos construyendo una conversación con un viejo que tenía un tic en la pierna y no dejaba de moverla, en cualquier momento iba a salir corriendo. Fui consciente que esa absurda, tonta y corta respuesta fueron las primeras palabras que pronuncié desde hacía tres días. También fui consciente que esa pregunta, y esa respuesta era mucho más importantes que las que me hacía yo mismo. En aquel momento sentí, y ahora también siento, una increíble curiosidad por saber que habría contestado el viejo ante mi discurso, cuan útil hubiera sido su consejo, o si una vez consciente de que no mantuve conversación alguna habría seguido o no el consejo que mi mente enferma me habría lanzado. Me pregunto si el viejo se llamaba Kerouac o Miller, Bukowski o Palahniuk, Houellebecq o Soprano, Guillermo, Carlos o Ignacio. Como digo, los descansos intensos siempre acompañados de café. Regresé a la biblioteca y la rubia no estaba, quizá saliese con la idea de echar un café y no me vio, o quizá simplemente salió independientemente de que yo hubiera salido o no. No sé por qué si haciéndome preguntas que no sé contestar o no sé la respuesta: un comportamiento infantil no solucionar las cosas de manera adecuada. Tengo que preguntar a personas inteligentes para que me resuelvan las dudas.

martes, 30 de julio de 2013

jodámosle la fiesta.

Te lo digo de verdad, no pienses que yo bromeo con mis teorías o que soy un gracioso sin corazón o que he estado demasiado tiempo conectado a la red. Créeme, nunca he sido un chico (hombre, macho) muy seguro, pero ahora lo estoy. ¿Y si te digo que yo esto ya lo predije? Yo pensé en la pandemia que hace unos meses llegó a Zaragoza, con sus muertes absurdas y sus suicidios en masa y su olor a verano y su temperatura low-rock y las noticias de corruptos y padres que matan a sus hijos y esa mierda que nos hacen tragar y tragar. Antes de que llegara pensé en esa pandemia, y llegó. El problema de todo el mundo, el problema de todas las personas es lo que yo pueda llegar a pensar. Creo futuros en momentos imperceptibles: cuando voy a beberme la espuma del café con leche (que ya hace mucho que no bebo porque en verano, sí, en verano sólo café con hielo), durante el silencio que separa dos canciones de un mismo disco, el tiempo que transcurre cuando miro a la izquierda (no, no vienen ningún coche) y cuando miro a la derecha (no, creo que por la izquierda no venía ningún coche). En esos momentos, en esos precisos momentos, como una fotografía con flash, creo un futuro inmediato, o no tan inmediato, pero tan perfecto y tan preciso y tan tangible que nadie puede negarme que no vaya a suceder. Soy un arquitecto del tiempo y del espacio, un nuevo concepto difícil de entender para las personas que nunca han creído en nada que no ha sido demostrado. ¿Y si te digo que tú también puedes hacerlo? Créeme. La pandemia no existe ni existió. Soy yo. Un amigo de mis hermanos ayer, el marido de la hija de una amiga de mi madre hace tres días; los dos se han suicidado. Un tiro, una horca. Yo lo planeé todo hará un año o dos o tres, sin haberles visto y sin saber de su existencia y sin conocer mi capacidad. No temas, de verdad, no es una pandemia. Tengo una curiosa tendencia hacia la muerte, o eso me dijo mi profesora de estadística. Pero no, no temas por lo que yo pueda pensar, tú también eres un arquitecto. No pienses un futuro antagónico al mío, porque yo he fabricado minuciosamente nuestro futuro, entre risas, entre calada y calada, entre párrafo y párrafo y estoy seguro que mi subconsciente me la ha vuelto a jugar y aparecerán actores que yo ya dí por despedidos; y entonces crearemos una paradoja difícil de resolver, una paradoja que sólo podría resolver un niño. No juegues pensando. Si piensas, o Dios, si piensas será problema para todos.

miércoles, 24 de julio de 2013

Las moscas verdes aprovechan las tardes.

Los largos días. Llevo días sin hablar; las cuerdas vocales se me atrofian. Investigo y observo y palpo las calles paso a paso y centímetro a centímetro, buscando la sombra y mi próxima parada donde descansar y espiar a los valientes que merodean: contar los perros que andan con la lengua fuera, cuantas parejas sonríen o cuantas discuten o cuantas van cogidas de la mano (demasiado sudor para mi). Zaragoza necesita césped, flores de colores; basta de tierras de secano, hay que regar las calles y las personas para que crezcan y crezcan y me saluden por la calle y yo pueda mover otra vez las cuerdas de mi garganta (ahora quizá sean más graves, o quizá violín). Zaragoza arde, pero no hay revolución. Esta mañana he notado que los labios me pesan: es síntoma del silencio. El calor derrite mis ideas y suda mi ropa; mi cara es alquitrán y los días en verano tienen tantas horas y el reloj no anda bien porque sabe que quedan otras tantas para que sea de noche pero prefiere esperar y retroceder un poco para estar donde tendría que estar: no todos los atajos son lineas rectas. A mi próximo cactus lo llamaré invierno.

dressed in blue.

Los mensajes secretos que me escribes en las etiquetas de los paquetes de galletas no los entiendo. Cuando Mancuso come cereales siempre me pregunta "¿Por qué te odia tanto? No debiste regalarle doce rosas; tuviste que comprarle veinte claveles y tres girasoles". Quizá él te conozca mejor que yo, pero no sabe de tus angustias y tus bromas y tu pasión por las películas francesas y por Las invasiones bárbaras y tu mal gusto por los puzzles. "Siempre hay piezas que no encajan, hay que forzarlas y meterlas, entonces el mosaico siempre estará más vivo". Con puzzles pudimos cubrir el suelo para estar hoy en Turquía y mañana nadando con peces, o escalando los Alpes, o cuanto te gustaban los dibujos animados: pisotear a Mickey Mouse y a la rata de su novia. Y no te entiendo, sabes que ahora no bebo leche, no desayuno galletas, no como cereales, pero bebo cerveza y anarquía de Bakunin y fumo, sí créetelo, tabaco Pueblo porque vi a un hombre que parecía muy interesante y que por eso apuesto fuerte y whiskey como Bukowsky y mate de Horacio Oliveira, y vino como Hemingway y demasiados libros que nunca entenderé. Nunca sabré por qué me adviertes de cuanta soja tienen esas mierda de galletas, o cuanto chocolate y cuanta leche tienen esas mierda de galletas. Pero sí, estoy bien, no son síntomas de todavía no sé qué síndrome pero te juro que estos sudores y que esta respiración, que la ansiedad y las observaciones paranoicas, siempre han sido yo.

viernes, 19 de julio de 2013

Te lo intenté decir con gestos.

Día 1. Las hormigas escalan por una de las vigas centrales; se disponen a ascender hasta la cima del edificio, ocho pisos, dejando atrás al viejo solitario del primero, dejando atrás a la vieja con un principio de síndrome de diógenes del segundo. No entiendo de hormigas, pero sé que son ajenas a este calor, también muy trabajadoras. Urgen una pequeña invasión para nosotros, la gran conquista para ellas. Yo sigo buscando dentro de mi el momento oportuno, el óptimo para mi mente, esperando las condiciones idóneas para continuar con el estudio y vaciar mi cabeza de tantos pájaros y tantas flores y tantas escenas de película que bien pudimos haber protagonizado nosotros. Día 2. Las hormigas dominan una de las vigas centrales, están preparadas para desembarcar en algún piso y sembrar las baldosas de terror y miedo, sangre si algo se interpone en su misión. No estoy seguro, pero la marrón, la que es destacablemente la más grande, debe ser la Reina, creo; creo que las hormigas tienen reina y reino. El poder centrado en una hembra, siempre más trabajadoras e inteligentes. Creo que el pueblo llama "princesa" a su reina, sigue siendo igual de preciosa y joven que cuando a su madre, la antigua reina, aún no la habían cazado Afredo y Tomás, unos demoníacos niños; y la quemaron poco a poco con la lupa de su ya difunto abuelo: hombre de pocas costumbres y lector con lente. Antes de morir abrasada fue mutilada con gran delicadeza y disfrute, como un ritual o un festín, y ya tú sabes, una costumbre muy extendida entre los niños. Quizá a la princesa le haya movido su ira, o su condición de conquistadora; todas las hormigas dudaron de esta invasión y los distintos reinos que existían en los alrededores no estaban muy convencidos con esta decisión temiendo una posible guerra. Seguramente no hubo consenso pero la princesa tiene suficiente carisma para convencer a cada una de las hormigas de su reino. No sé que puede ocasionarme este dolor en la rodilla, imposible hacer nada que necesite un mínimo de atención. Debió ser la caja que tuve que llevarle a mi madre ayer, o los tomates del huerto que he tenido que recoger esta mañana, o quizá es por aquella vez que hicimos el amor de tantas formas distintas, muchas nos sorprendieron y nos reíamos, qué vergüenza. Nos pusimos disfraces de actor porno y tú encima y yo abajo y nosotros en la cocina, en el baño arriba abajo y quizá no hubiera servido para una película porque ya sabes que en esas películas no hay tantos besos ni tantas caricias y yo no estoy tan fuerte y este disfraz me viene tan grande y ellas no son tan bonitas. Día 3. Los Beatles siendo ya estrellas se atrevieron a grabar discos con distinto registro. No tan recordada fue la época psicodélica de los Rolling, pero para mi la mejor. Abuso de estos viajes, tumbado en mi sofá, con la música estéreo y cuando vuelvo ya es de noche o se me han olvidado las obligaciones o otro día sin comer, o otro día sin andar. Las hormigas, otra vez las hormigas, cruzan mi habitación y llegan a la ventana. Sigo su camino y acceden a mi casa por un minúsculo agujero en la pared, donde las baldosas se juntan. Son pocas, basta un poco de polvo, de veneno, o de agua. Notifico la invasión a mi superior, a mi padre. Día 4. Las hormigas dominan la zona. Han establecido varias colonias en el edificio, en mi planta hay exáctamente cuatro colonias: las construyen mientras duermo, trabajan mientras duermo, me invaden como pesadillas. No hay polvos, no hay veneno, no hay agua. Las hormigas están en todas las habitaciones, tengo que andar con cuidado para no pisarlas. El flujo de hormigas ha aumentando de un modo desproporcional. Pido urgentemente refuerzos a mi superior, a mi padre: "papá, nos están invadiendo". Me contesta: "los malos en las películas siempre van ganando". Día 5. La invasión ya es real, tenemos que huir. Nos rendimos. Diario de abordo, caja negra, o lo que quieras. Hemos perdido. Desconexión.

miércoles, 17 de julio de 2013

Una base poco estable para partir de ella.

No te conozco cuando dices que se lo merecen. Primeramente, dibujaste y recortaste todas esas invitaciones color cumpleaños y tamaño estándar. Segundamente, compraste todo ese vino, ese confeti color cumpleaños, y todos esos cubiertos de plástico cumpleaños. Terceramente, preparaste esta fiesta sin música pero con mucho color, sin aroma pero con mucho sabor, sin invitados pero contigo. No te conozco cuando empiezas a susurrar sus nombres, susurrarlos tan bajo como los secretos que me contabas con "no lo cuentes por favor, te juro que me pueden matar" y "si se entera Parker, Michel está muerto" y "creo que fue un ajuste de cuentas, o eso dicen en la biblioteca". Sí, es una fiesta selecta. No te conozco cuando me dices que me encierre en esa habitación con tus libros, con las cartas de tus primeros amores, con las postales tan dedicadas y tan tuyas, con los pósters de tus ídolos y las fotografías de tus veranos. No te conozco cuando quieres que me esconda en tu baúl para que nadie pueda verme.

lunes, 8 de julio de 2013

Fernando, no saltes hoy.

Si pudiera decirte que he soñado contigo, que hacíamos el amor, o que practicábamos sexo (enfócalo como quieras, yo digo follar), que sudábamos demasiado y que duraba demasiado poco para ser un sueño. Si pudiera, de alguna forma decírtelo sin que te sintieras ofendida. Si la revolución sexual, si el cambio de conciencia se volviese a dar en este 2013, más intenso que con esos malditos hippies, si fueras capaz de meterte en mi mente cuando sufro esos viajes. Si fueras consciente de lo que te queda de vida te lo contaría todo.

Hamacas para reflexionar.

Hacía casi tres semana que Figueroa le confesó su amor, de forma explícita, a Candela, pero también hacía casi tres semanas que Figueroa le dijo, implícita e persistentemente, que no quería estar más con ella. Ahora hay un océano que los separa. Ayer, además del océano, había un considerable desfase horario, mucho calor aquí y frío allá, distintas personas, distintas costumbres, distintas vidas, y relativamente mucho gasto para Figueroa. Extras que hacían que la distancia aumentara todavía más kilómetros. Mañana, o quizá dentro de veinte minutos, la misma distancia se reduciría a quince horas de vuelo y un billete de avión asequible para el nivel de vida de Figueroa. Las distancias dependen de la métrica que escojamos; hoy la distancia ya no se mide en metros o kilómetros, sino en horas o días, o segundos; y eso asustaba a Figueroa. Cuando Figueroa llegó al que fuera su hogar, lo primero que hizo fue encerrarse en su cuarto, después de haber visitado a toda su familia (que Figueroa volviera del antiguo continente era un evento muy especial), y releer sus libros favoritos y arrancar los poemas que copió en su cuaderno y volverlos a copiar en otro más nuevo. Esta vez intentando memorizarlos y recitarlos sin tener que bajar la mirada para recordar. La visión trágica de Onetti le encantaba, envidaba y dudaba de la felicidad de Borges y su ceguera, y seguía intentando dibujar a los cronopios de Cortázar que danzaban alrededor suyo cuando escuchaba música. Y fue leyendo a éste cuando se le ocurrió la absurda, y también fantástica, idea de escribirle una carta a Candela; una carta todavía sin contenido ni estructura. Comenzó a escribirla esa misma tarde, y la escribió sin pausa; sin pensar en lo que el bolígrafo escribía, sin pensar si había errores ortográficos o gramáticos, sin pensar en lo correcto y justo para Candela. Rellenó un folio por las dos caras. Buscó un sobre, el perfecto, y esperó al día siguiente ya que el cartero recoge correo por las mañanas. Nelda, su hermana, despertó a Figueroa con un café porque sabía que en Europa no es común el mate, y también sabía que a Figueroa le cuesta adaptarse a nuevos hábitos. Nelda cogió el sobre y leyó la carta; Figueroa esperó su aprobación y tan larga fue la espera que interrumpió hasta tres veces a su hermana mayor. "Deberías releerla y estar seguro de lo que has escrito: no puedes jugar con ella", comentó con extraña tristeza Nelda, quizá demasiado para tratarse de una carta de reconciliación. Figueroa meditó y se tomó el café, volvió a dormirse hasta que el café surgió efecto y releyó la carta. Nelda, la mayor de los dos hermanos, estaba de vacaciones con sus tres hijos a la espera de Juan, su marido, que estaba trabajando a más de dos horas en coche, empezara las vacaciones y acudiera a la casa de la playa donde estaban todos. Ya sea la diferencia de edad, la experiencia en relaciones anteriores o, simplemente, que Nelda era más coherente e inteligente. Él había aceptado que Nelda pocas veces erraba con sus consejos, por no decir nunca. Triste, pero concienciado, tomó de nuevo el bolígrafo y reescribió la carta. Esta vez no había reconciliación. Esta vez era dulce, caliente; una dulce despedida y una amarga disculpa. Copió algunos poemas que escribió en la carta anterior, copió letras de canciones idóneas, y se esforzó muchísimo más por conseguir una buena expresión que por cualquier prueba académica anterior. Figueroa si hubiera sido otra persona habría llorado, lágrimas demasiado saladas. Acabó de escribir cuatro folios repletos de amor y odio y disculpas y lo sientos y te acuerdas de aquellas mañanas que no íbamos a la facultad sin despertarnos con sexo y caricias y explicaciones a nuestros delirios nocturnos. La tristeza no se puede medir, de momento, pero la de Figueroa midió un día sin comer y una mañana y una tarde sin salir de la habitación, ni de su cama. No llegó la noche cuando pensó que si Candela le quitaba el hambre y la energía era porque la quería, porque era con ella con quién quería estar. La mañana siguiente reescribió la carta, la convirtió en una súplica de reconciliación. Buscó una fotografía que tenía con Candela del verano anterior, felices vacaciones, volvió a copiar poemas, añadió nuevos, se animó con un relato y llenó folios de cariños y lo sientos y volveremos a ir a la playa y te prometos. Analizó y comentó la actualidad en su familia; Candela tenía gran curiosidad por conocerla, y ya sabía las edades de los niños, las discusiones de los padres, las bromas de la madre. Esa vez fueron seis folios con buena caligrafía, sin errores, y con un breve resumen familiar. Pero Figueroa no estaba satisfecho con los finales, inseguro siempre al terminarlas si era eso lo que quería expresar, y se convirtió en un ritual corregirlas o cambiarles el enfoque: de despedida a reconciliación. Figueroa continuó escribiendo cartas, día tras día, cambiando el principio, poniendo y quitando fotografías, cartas que hablan de música y de sus libros favoritos, cartas de adiós y "hola, te veo el mes que viene". Figueroa lleva más de tres meses sin saber nada de Candela, pero al fin ha escrito una carta de 62 folios; una carta con los mejores discos que ha escuchado, con la lista de sus libros favoritos, tres relatos; y con los desayunos que le preparaba a Candela, con las películas que vieron en el sofá sudados por culpa de ese maldito calor seco que tanto les agobiaba; y recordando algunos polvos en el suelo, en la cocina, en la ducha. Figueroa renacía con cada carta y se levantaba todas las mañanas en el otro lado del Atlántico, preparaba un café y le hacía el amor a Candela; y bromeaba con ella; y discutía y debates irrelevantes de política, Dios y los gilipollas que les rodeaban. Figueroa lleva más de tres meses sin saber nada de Candela, pero al fin ha escrito una carta con 63 folios.

domingo, 23 de junio de 2013

Perfecto desde otra perspectiva.

Abriremos sus cabezas, una a una, y las llenaremos con flores. Yo las elegiré. Si has paseado por el centro de la ciudad, por la zona antigua habrás visto balcones repletos de flores pequeñas y con demasiado color para una ciudad tan y tan contaminada. Pondremos nombres de personas a las flores y cuando nos dirijamos alguien no le hablaremos mirando a los ojos, sino a sus pétalos, a sus ramas, o a sus colores. "¿Qué tal José? ¿Mucha agua hoy?". Iremos al cine a ver películas que no nos gustan mientras que ellas se concentrarán en las plazas y en los parques, cerca del agua y discutirán como los griegos en sus ágoras o los romanos en sus foros. Benditas flores. Nuestra ambición será cambiar la de los demás, y las convertiremos en algo tan tangible y cercano que no habrá pesimistas, quizá sólo tengan problemas metafísicos. Aún no sé la idiosincrasia de todas las flores pero sé que no ven la televisión, no leen best sellers, no actualizan las redes sociales y no practican deportes de élite. Quedemos cerca de la hoguera y veamos la luna de la que nadie se acordaba hasta hoy. Ocúpate tú del abono, yo robo las plantas.

jueves, 2 de mayo de 2013

Las historias contadas por los antagonistas.

Esta mañana he puesto la ropa dentro de la lavadora, pero al final he decidido enchufarla después de clase. Si la hubiera encendido esta mañana ahora tendría que colgar la ropa por casa o esperar a que deje de llover. Joder, me he vuelto a reír de las leyes de Murphy y del puto destino.

sábado, 27 de abril de 2013

Los astronautas envidian a los que nunca vieron la tierra desde allí arriba.

La bola rebota tantas veces y cae tantas veces en el número en el que no tiene que caer que vuelvo a perderlo todo, pierdo cualquier punto de vista coherente, pierdo la paciencia y maldigo en silencio a los pacifistas y a sus patéticas ideas y a sus "sí, pero es que la violencia crea más violencia". La ruleta no gira tan rápido como los galgos, la ruleta es una esclava girando en sentido horario o antinatural, o inverso, o opuesto, o contrario, o lo que sea. Siempre que pierdo el dinero... Siempre he tenido suerte, demasiada suerte, pero la he escondido en cajas, cartas y mucho silencio. Las malas rachas vienen acompañas de buen tiempo y mucho café y velas con olor a vainilla. Un correo circular muydemasiadoextremadamente confidencial se ha mandado a los altos cargos de la CIA y del FBI y de la INTERPOL, vigilad que Borja "tiene refuerzos". Las malas rachas se extienden más que el chicle de limón que compartimos tumbados en el suelo, fumando veneno, joder qué veneno, subidos en mi nave espacial o en mi manta; escuchando el disco ese que dijiste esta es música de follar, contando las estrellas en el techo en lugar de ovejas en nuestro rebaño. La maldita e indeseada costumbre de establecer correspondencias entre discos y personas, entre música y fechas. Cada vez que se nos partía el chicle me gritabas ¡te alejas demasiado de mí! Lo que realmente nos alejaba eran las conversaciones en las que otra persona hablaba, las noticias que nos hacían preguntarnos por qué roban si ya tienen dinero, o las películas que concentraban toda nuestra atención hasta que el final acababa haciéndote llorar. Ya no había limones en ese chicle. El chicle se llenó de besos, secretos y tonterías. Tan dulces todos. Un chicle con sabor a chistes malos y a humor estúpido, sabor a lenguas peleándose y a labios disfrazados de pacifistas intentando separarlas. Los chicles que no son mentolados no resisten nuestras distancias. Si hubiera elegido un chicle de menta la distancia sería eterna; lejos de mí, a tomar por culo de ti, tan lejos de mí como el álgebra, y la geometría, y los espacios topológicos, y las victorias a Glenier. Tan lejos como mis obligaciones. Tan lejos como mis aspiraciones.

martes, 23 de abril de 2013

Creo que mi sol es de color azul y ácido, como el tuyo. Juguemos con el caledoscopio.

lunes, 22 de abril de 2013

Los zapatos

Cultivar peyote no será malo. Si pudiera, haría infusiones para calmar nuestra visión errónea del mundo. Que no hay tanta guerra, que los telediarios son un capítulo de la misma serie.

jueves, 18 de abril de 2013

El dolor de cabeza cura a la radio y a la música.

Hasta la mujer menos insegura de Europa dudó, y fue en el día de su boda. Iba muy jovial, la novia, con el paso firme porque ella nunca dudaba, y el tiempo era gris gris porque dieron lluvia el día anterior y todo el mundo pensó que era el día más bonito que podrían vivir. Ella, todas las mañanas sabía con qué ropa vestirse, por donde empezar a limpiarse los dientes, si la pasta se moja después de hervirla, que Ignacio, depende qué pasta sea. El hermano no quería creerse la facilidad con que la hermana menor, la más cuidada, la más consentida, la menos responsable de la familia, había sido capaz de encontrar lo que realmente le gustaba, y a quién realmente quería. Ella, no perdió el tiempo buscando el vestido ideal. A los 14 años paseó por la tienda de la señora Mercedes y supo en qué época del año se casaría; que Lucas llegaría tarde y con un paquete de pañuelos en su bolsillo del traje, ya se sabe, un estornudo puede estropearlo todo; y que el de color crema sería el suyo. Cuando la novia, participaba en las discusiones del grupo de amigos de Lucas no titubeaba con los cálculos mentales a los que tenía que jugar, valores óptimos y medias aritméticas, discusiones que la fatigaban, amigos que la fatigaban. Lucas y ella llevan casi media vida juntos. Su primer viaje lo hicieron el verano que no quiso llover. Ese verano que Lucas acababa huir de casa; la rutina no le hacía daño, pero no entendía a su madre. La madre de Lucas siempre estaba enfadada con Lucas y con Lucas Padre, siempre estaba sentada en su silla haciendo punto de cruz, siempre coloreaba los días de Lucas, y siempre diagnosticaba lluvia los días importantes para Lucas. Desentendido de su mundo interior, quiso entrar en el de la novia y poder hacer uno más grande, una construcción comparable a las pirámides egipcias, o a Manhattan; con más vida que Kowloon y con más luz que cualquier ciudad del norte en verano. Lucas y ella odiaban caminar bajo la lluvia y discutir sobre películas o libros o política. Cuando más enfadados estuvieron fue la vez aquella que Lucas, engañado por sus ojos, acababa de ver a un pelícano cruzar el alto matojo de arbustos que tenían delante. Vaya discusión. Se perdonaron, se amaron; y el pelícano, junto con el pingüino, se convirtió una de sus aves favoritas. Dichoso pelícano. Lucas nunca estaba seguro de nada, ni de lo que decía ni de lo que había dicho con anterioridad. La memoria no le fallaba, pero sí le fallaban las palabras que se le escapaban como el agua entre sus manos. "Sí, dije eso, pero no quería decir eso". Lucas estaba enjaulado en su lenguaje, gramática y entonación, como todos nosotros, pero él sí que era consciente, y tenía miedo, y quería liberarse de la invisible celda que no le dejaba acercarse a ella ni a nadie. Cada conversación era una pelea, y cada palabra hacia ella era un sendero entre precipicios. Los novios se dieron el Sí quiero, pero ella dudó más que nunca, sudó y pensó que el sol les estaba jodiendo el día, pero llovía más que nunca. Lucas la cogió de la mano y la llevó al jardín, sin que nadie se percatara, y le dijo al oído: "hoy me has liberado. Hoy mejor digamos que no a todo. Digamos que no a las cosas que nos gustan. Digamos no cuando queramos afirmar. Tumbémonos en el suelo y que nos caliente el sol mañana. Que crezca la yerba poco a poco y nos sepulte. O que nos trague con ella".

domingo, 14 de abril de 2013

El día que nadie me dijo "hola".

Hoy he tenido una pesadilla, y sé que si la anoto en un posit o en mi libreta nunca me olvidaré. Estaba engañado. Las personas más cercanas, a las que más he querido, me engañaban y yo lo sabía, engaño general, tú me mentías con él, ella me mentía con aquel, y me mentían hasta con cosas triviales, y yo simplemente estaba triste. Me he despertado, y como loco la he buscado por casa, sabiendo que era imposible, pero todo el mundo olvida su parte racional cuando se despierta. Como loco desvariaba. El café que preparo siempre es para tres personas. Por casa encuentro mi libreta de secretos, mi libreta donde apunté las palabras que desconocía, o pedanterías de música, o pedanterías de libros, o cálculos simples, o frases que bien podría haber dicho yo y nunca hice. Abúlico, sentina, beldad, cenobio, asepsia, erístico; Irineo-Rayuela, el primer mal amor de Pola; 143-Rayuela, el capítulo en que me convierto en Traveler y creo que ella es Talita, y esa tercera persona que lo narra tan tan bien que confundo quienes son ellos, los personajes o nosotros, y recuerdo que le pedí que lo leyera, y no le gustó lo suficiente, y no acabó de leerlo, y quise que el mundo me tragara. En mi libreta también hay recuerdos que he olvidado. Encuentro un lápiz, el que no tiene punta, y soy muy sensible a su sonido cuando la mina se arrastra por el papel, no hay vez que la piel no se me erice, y apreto más fuerte y el sonido cambia y no es tan desagradable. No me extiendo: pesadilla-engañado-todoelmundo-tuyel--tuyella-pesadilla-pesadilla. Mi libreta ahora tiene pesadillas. Hace días que no madrugo, hace días que no hago ejercicio, hace días que no estudio, hace días que no voy a clase. Antena 3 me informa de una pandemia de muertes, muertes sin ningún sentido, muertes absurdas y divertidas: aquel político ruso al que se le infectó una herida, el famoso campeón de cricket y las abejas, los peatones de Wall Street y los letales ataques epilépticos, los viejos y su costumbre de tropezar en los puentes, jóvenes con la fea manía de practicar la apnea mientras se masturban. La prensa sensacionalista quizá sea la más objetiva. La televisión es muy amiga. De mis manías, y quizá la más sana, es la de abrir la ventana y desperezarme buscando a personas que también la tengan. Y el día es estupendo, el calor llega con tranquilidad, y el cierzo vuelve a emigrar a la costa para visitar a su amiga la brisa marina. Los días con calma y sus bandas sonoras tristes. En la calle la gente camina de un lado a otro, sin fijarse en los edificios. ¿Cómo no pueden fijarse todos los días en la esquina de la whiskería Privé, o en la esquina de enfrente? Casas hechas con ladrillo, bajas, de colores vivos. A las casas europeas les faltan las ventanas americanas, abrir arriba, cerrar abajo, con la típica maceta, con la típica joven sentada fumando, y tomando café, e inspeccionando el barrio. Malditas ventanas con su idiosincrasia. En los balcones de López Allué también hay que fijarse. La joven en bragas, y con una camisa de hombre está riendo muy escandalósamente en el balcón del primer piso. Está muy contenta, con un cigarro en la mano, borracha de amor y quizá embriagada de alcohol, saciada de sexo y de secretos, cansada de que las mañanas se le hagan tan breves, y tan divertidas. Le está hablando a un hombre, un hombre tirado en la cama con las manos en su nuca y desentendiéndose; o un hombre que se está poniendo los calzones para salir con ella al balcón y fumar y espiar al chino de delante, preguntarse que será del que estaba antes, y sospechar del nuevo porque está siempre fuera de la tienda vigilando las esquinas; o un hombre que le está preparando un intenso café con tostadas con mantequilla. O quizá fuéramos nosotros. No te apoyes que te puedes caer, preciosa. La joven apoyada en la barandilla le hace un dulce gesto al hombre para que se acerque, le ruega con ternura, y bromea con un tonto enfado. La barandilla tiene envidia de ese amor, y la barandilla salta al precipicio porque no quiere seguir viviendo. La joven muere y el charco de sangre llega a la calzada. La sangre llega a la entrada de la peluquería que hay al lado del portal, y el peluquero se entristece porque sabe que hoy tampoco podrá trabajar. Uno de aquellos hombres con los que compartió risas y gemidos salió tras ella, esperando otra broma o otro enfado, inconsciente del peligro, ingenuo con las muertes estúpidas. Qué absurda trampa le habría puesto el destino, el zapato que olvidó recoger, la alfombra mal puesta, o el mundo, sencillamente, se le vinó encima. El hombre también cayó, y con esto la epidemia llega con mucho calor a Zaragoza, a San Antonio Mª Claret. La pandemia es otro anticiclón.

miércoles, 27 de marzo de 2013

La gente que se junta conmigo disminuye drásticamente su potencial.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Eres uno de los personajes principales de mis pesadillas.

Últimamente he perdido mucho dinero apostando por galgos, nunca apuesto al favorito porque lo leí en un libro de Bukowski. Si excluimos al favorito, y al peor valorado, hemos hecho una criba bastante interesante y es posible ganar dinero. Pero yo no gano. Apuesto, pierdo, apuesto, pierdo, insisto y pierdo. Esos animales son víctimas. Hoy estaba Impala, era el peor valorado y hubiera apostado hasta el tamaño de mis manos por él: y hubiera perdido. Ves correr a los perros, durante treinta segundos, los ves correr. Los meten en las jaulas como a esclavos, meten a esos animales en las jaulas como a esclavos, para que luego corran y sean partícipes de mi abstracción momentánea. Sé que tengo un problema, y es que veo esclavos por todas partes. "Fernando Alonso es un esclavo, no pudo elegir su futuro. Su futuro lo eligió su padre. Su padre lo sentó en el car". Avasallo a mis amigos con esa discusión metafísica. Mi problema es que pienso que todas las personas que conozco son esclavas, todas menos yo. Supongo que las carreras de caballos podrían ayudarme a superar ese problema.

lunes, 18 de marzo de 2013

Alternativo al original.

Mi camiseta favorita, y hoy me he puesto zapatos. Tuve dudas: de sierra, de untar, la navaja que me compré para la montaña, o ese afilado que trajo mi padre para el jamón. Esas dudas tan absurdas me tienen frito, como las dudas sobre el vestuario: el resultado siempre es el mismo. Con el de untar, el de untar en el bolsillo interior de la parca, con los cascos y Tame Impala, pero con el Tame Impala que me gusta. Hubiera ido al Voltaire, pero Juani es muy buena mujer, no se merece el espectáculo. He entrado en el que está entre el estanco y la tienda de zapatos, siempre me ha parecido un buen bar, pero hoy estabas ahí. Está Mr Caldwell, uno que venía conmigo en el instituto, buen chaval, pero no hablábamos casi. Está también tu acompañante, la pobre está impactada, triste, consciente, está llena de rabia y vacía, está en shock, está allí, estaba allí antes, y ahora no está, ahora no es ella, ahora vuelve a nacer. Hay dos chicos más, uno es del mismo barrio y al otro nunca lo había visto. Está el dependiente. Todos ellos tampoco están. Están ausentes. Estamos la policía y yo, sólo estoy yo. "De verdad, policía, no sé que ha pasado, ha caído fulminado y ha empezado a sangrar". Todos me han visto, pero nadie se atreve a hablar, nadie puede hablar, y nadie se mueve, nadie señala, y no pueden hablar. La policía no entiende, pregunta a la gente que estaba en la calle, preguntan por alguien manchado de sangre, o por alguien que tenía mucha prisa, o por alguien que se ha subido en un coche y este ha salido volando, preguntan, preguntan y preguntan por alguien. "¿Tenía algún problema con alguien, señorita?". Ella sabe todo, y no sabe nada, no quiere hablar, pero intenta hacerlo, y no puede. Los otros dos parece que realmente no hayan visto nada, están aturdidos, les cuesta entender qué les preguntan, y dicen, y prometen, y juran que no han visto nada. Nadie quiere hablar, y tu estás mejor muerto, tu estás mejor así y ella también, ella no es consciente de lo afortunada que es, y nunca lo sabrá, pero tu y yo sí. La policía nos lleva al calabozo para ser interrogados otra vez, coincido con el de la cárcel de Zuera, el que me pidió dinero, el que me atracó, el que tiene mi moneda, y me suplica y me llora: "Oye, perdona, te la devuelvo, todo es mala suerte".

domingo, 17 de marzo de 2013

Los suicidas de la Masada.

Mi madre siempre me ha dicho que seré un mediocre, y parece ser que las madres nunca se equivocan. El mundo es una mierda, y no una caja de bombones o un pañuelo. ¿Qué tal Juani? Hoy no salimos, cuando salgo, al día siguiente, me pongo malísimo y no me puedo mover hasta las 6 de la tarde. Ya, ya lo sé, pero no sé, otro día tendré más ganas. Las noches en el Voltaire no cambian, quizá por eso sigo yendo. El voltaire tiene sofás, está oscuro, y tiene música que me gusta, y nunca está lleno de gente: el Voltaire se parece a mi casa. Las extrañas formas de motivación que mi madre utilizó estaban llenas de amor. Hace tres días puse una lavadora, y hace tres días que no deja de llover. Hace tres días que mi ropa está recogiendo lluvia y lluvia, tres días filtrando agua.

sábado, 16 de marzo de 2013

Si hablo de más, pienso de menos.

Le dije que no hacía falta que me comprara eso, esa mierda. Me voy, desde plaza España a casa, y la noche cae pero las nubes sangran y se pintan de color rojo, se colorean para los atardeceres. Noto demasiada humedad. Pienso que el ambiente está cargado, que esas nubes están cargadas de gasolina y simplemente esperan mi chispa para que ardan, para que todo arda, para un cielo en llamas. Sufrir miopía no es ningún handicap, es una bendición para poder andar por la calle y no distinguir las caras, ser anónimo en tu propia ciudad. Podría encontrar cualquier cerilla por el suelo, seguro, en las avenidas grandes la gente pierde sus posesiones, pierde su humor, pierde su identidad, pierde la coherencia, y sigo caminando mirando lado a lado de la acera, tarareo la que podría ser nuestra canción del fin del mundo y sigo buscando entre los chicles pegados y las colillas, los tickets de compra, las entradas de cine. El suelo está lleno de mierda, pero no hay cerillas, o mecheros, o fuego. En la plaza Aragón siempre están los mismos vagabundos, no tristes, siempre bebiendo o durmiendo, y les pregunto si creen que hoy es el fin del mundo, que si esta humedad es de gasolina concentrada en las nubes, que si prefieren cerveza o vino. "Muchacho, yo estuve trabajando en...". Asiento. "Cuando estuve viviendo en...". Asiento, afirmo, qué guapa es la chica que está cruzando la calle. "De verdad, mi ex-mujer fue...". Asiento, afirmo, la noche empuja más y más y estas nubes oscurecen y pierden su intensidad. "Porque chaval, por lo que veo eres muy inteligente y buena persona...". Tengo manía a las personas que sacan conclusiones aleatorias, o simplemente por querer parecer personas más simpáticas y cercanas. Huyo, desconecto de ese interesado, y me pregunto si todavía quedará suficiente gasolina en las nubes para prender toda esta ciudad.