miércoles, 24 de julio de 2013
Las moscas verdes aprovechan las tardes.
Los largos días. Llevo días sin hablar; las cuerdas vocales se me atrofian. Investigo y observo y palpo las calles paso a paso y centímetro a centímetro, buscando la sombra y mi próxima parada donde descansar y espiar a los valientes que merodean: contar los perros que andan con la lengua fuera, cuantas parejas sonríen o cuantas discuten o cuantas van cogidas de la mano (demasiado sudor para mi). Zaragoza necesita césped, flores de colores; basta de tierras de secano, hay que regar las calles y las personas para que crezcan y crezcan y me saluden por la calle y yo pueda mover otra vez las cuerdas de mi garganta (ahora quizá sean más graves, o quizá violín). Zaragoza arde, pero no hay revolución. Esta mañana he notado que los labios me pesan: es síntoma del silencio. El calor derrite mis ideas y suda mi ropa; mi cara es alquitrán y los días en verano tienen tantas horas y el reloj no anda bien porque sabe que quedan otras tantas para que sea de noche pero prefiere esperar y retroceder un poco para estar donde tendría que estar: no todos los atajos son lineas rectas. A mi próximo cactus lo llamaré invierno.
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