lunes, 8 de julio de 2013
Hamacas para reflexionar.
Hacía casi tres semana que Figueroa le confesó su amor, de forma explícita, a Candela, pero también hacía casi tres semanas que Figueroa le dijo, implícita e persistentemente, que no quería estar más con ella. Ahora hay un océano que los separa. Ayer, además del océano, había un considerable desfase horario, mucho calor aquí y frío allá, distintas personas, distintas costumbres, distintas vidas, y relativamente mucho gasto para Figueroa. Extras que hacían que la distancia aumentara todavía más kilómetros. Mañana, o quizá dentro de veinte minutos, la misma distancia se reduciría a quince horas de vuelo y un billete de avión asequible para el nivel de vida de Figueroa. Las distancias dependen de la métrica que escojamos; hoy la distancia ya no se mide en metros o kilómetros, sino en horas o días, o segundos; y eso asustaba a Figueroa.
Cuando Figueroa llegó al que fuera su hogar, lo primero que hizo fue encerrarse en su cuarto, después de haber visitado a toda su familia (que Figueroa volviera del antiguo continente era un evento muy especial), y releer sus libros favoritos y arrancar los poemas que copió en su cuaderno y volverlos a copiar en otro más nuevo. Esta vez intentando memorizarlos y recitarlos sin tener que bajar la mirada para recordar. La visión trágica de Onetti le encantaba, envidaba y dudaba de la felicidad de Borges y su ceguera, y seguía intentando dibujar a los cronopios de Cortázar que danzaban alrededor suyo cuando escuchaba música. Y fue leyendo a éste cuando se le ocurrió la absurda, y también fantástica, idea de escribirle una carta a Candela; una carta todavía sin contenido ni estructura. Comenzó a escribirla esa misma tarde, y la escribió sin pausa; sin pensar en lo que el bolígrafo escribía, sin pensar si había errores ortográficos o gramáticos, sin pensar en lo correcto y justo para Candela. Rellenó un folio por las dos caras. Buscó un sobre, el perfecto, y esperó al día siguiente ya que el cartero recoge correo por las mañanas. Nelda, su hermana, despertó a Figueroa con un café porque sabía que en Europa no es común el mate, y también sabía que a Figueroa le cuesta adaptarse a nuevos hábitos. Nelda cogió el sobre y leyó la carta; Figueroa esperó su aprobación y tan larga fue la espera que interrumpió hasta tres veces a su hermana mayor. "Deberías releerla y estar seguro de lo que has escrito: no puedes jugar con ella", comentó con extraña tristeza Nelda, quizá demasiado para tratarse de una carta de reconciliación. Figueroa meditó y se tomó el café, volvió a dormirse hasta que el café surgió efecto y releyó la carta. Nelda, la mayor de los dos hermanos, estaba de vacaciones con sus tres hijos a la espera de Juan, su marido, que estaba trabajando a más de dos horas en coche, empezara las vacaciones y acudiera a la casa de la playa donde estaban todos. Ya sea la diferencia de edad, la experiencia en relaciones anteriores o, simplemente, que Nelda era más coherente e inteligente. Él había aceptado que Nelda pocas veces erraba con sus consejos, por no decir nunca. Triste, pero concienciado, tomó de nuevo el bolígrafo y reescribió la carta. Esta vez no había reconciliación. Esta vez era dulce, caliente; una dulce despedida y una amarga disculpa. Copió algunos poemas que escribió en la carta anterior, copió letras de canciones idóneas, y se esforzó muchísimo más por conseguir una buena expresión que por cualquier prueba académica anterior. Figueroa si hubiera sido otra persona habría llorado, lágrimas demasiado saladas. Acabó de escribir cuatro folios repletos de amor y odio y disculpas y lo sientos y te acuerdas de aquellas mañanas que no íbamos a la facultad sin despertarnos con sexo y caricias y explicaciones a nuestros delirios nocturnos. La tristeza no se puede medir, de momento, pero la de Figueroa midió un día sin comer y una mañana y una tarde sin salir de la habitación, ni de su cama. No llegó la noche cuando pensó que si Candela le quitaba el hambre y la energía era porque la quería, porque era con ella con quién quería estar. La mañana siguiente reescribió la carta, la convirtió en una súplica de reconciliación. Buscó una fotografía que tenía con Candela del verano anterior, felices vacaciones, volvió a copiar poemas, añadió nuevos, se animó con un relato y llenó folios de cariños y lo sientos y volveremos a ir a la playa y te prometos. Analizó y comentó la actualidad en su familia; Candela tenía gran curiosidad por conocerla, y ya sabía las edades de los niños, las discusiones de los padres, las bromas de la madre. Esa vez fueron seis folios con buena caligrafía, sin errores, y con un breve resumen familiar. Pero Figueroa no estaba satisfecho con los finales, inseguro siempre al terminarlas si era eso lo que quería expresar, y se convirtió en un ritual corregirlas o cambiarles el enfoque: de despedida a reconciliación. Figueroa continuó escribiendo cartas, día tras día, cambiando el principio, poniendo y quitando fotografías, cartas que hablan de música y de sus libros favoritos, cartas de adiós y "hola, te veo el mes que viene". Figueroa lleva más de tres meses sin saber nada de Candela, pero al fin ha escrito una carta de 62 folios; una carta con los mejores discos que ha escuchado, con la lista de sus libros favoritos, tres relatos; y con los desayunos que le preparaba a Candela, con las películas que vieron en el sofá sudados por culpa de ese maldito calor seco que tanto les agobiaba; y recordando algunos polvos en el suelo, en la cocina, en la ducha. Figueroa renacía con cada carta y se levantaba todas las mañanas en el otro lado del Atlántico, preparaba un café y le hacía el amor a Candela; y bromeaba con ella; y discutía y debates irrelevantes de política, Dios y los gilipollas que les rodeaban. Figueroa lleva más de tres meses sin saber nada de Candela, pero al fin ha escrito una carta con 63 folios.
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