jueves, 18 de abril de 2013

El dolor de cabeza cura a la radio y a la música.

Hasta la mujer menos insegura de Europa dudó, y fue en el día de su boda. Iba muy jovial, la novia, con el paso firme porque ella nunca dudaba, y el tiempo era gris gris porque dieron lluvia el día anterior y todo el mundo pensó que era el día más bonito que podrían vivir. Ella, todas las mañanas sabía con qué ropa vestirse, por donde empezar a limpiarse los dientes, si la pasta se moja después de hervirla, que Ignacio, depende qué pasta sea. El hermano no quería creerse la facilidad con que la hermana menor, la más cuidada, la más consentida, la menos responsable de la familia, había sido capaz de encontrar lo que realmente le gustaba, y a quién realmente quería. Ella, no perdió el tiempo buscando el vestido ideal. A los 14 años paseó por la tienda de la señora Mercedes y supo en qué época del año se casaría; que Lucas llegaría tarde y con un paquete de pañuelos en su bolsillo del traje, ya se sabe, un estornudo puede estropearlo todo; y que el de color crema sería el suyo. Cuando la novia, participaba en las discusiones del grupo de amigos de Lucas no titubeaba con los cálculos mentales a los que tenía que jugar, valores óptimos y medias aritméticas, discusiones que la fatigaban, amigos que la fatigaban. Lucas y ella llevan casi media vida juntos. Su primer viaje lo hicieron el verano que no quiso llover. Ese verano que Lucas acababa huir de casa; la rutina no le hacía daño, pero no entendía a su madre. La madre de Lucas siempre estaba enfadada con Lucas y con Lucas Padre, siempre estaba sentada en su silla haciendo punto de cruz, siempre coloreaba los días de Lucas, y siempre diagnosticaba lluvia los días importantes para Lucas. Desentendido de su mundo interior, quiso entrar en el de la novia y poder hacer uno más grande, una construcción comparable a las pirámides egipcias, o a Manhattan; con más vida que Kowloon y con más luz que cualquier ciudad del norte en verano. Lucas y ella odiaban caminar bajo la lluvia y discutir sobre películas o libros o política. Cuando más enfadados estuvieron fue la vez aquella que Lucas, engañado por sus ojos, acababa de ver a un pelícano cruzar el alto matojo de arbustos que tenían delante. Vaya discusión. Se perdonaron, se amaron; y el pelícano, junto con el pingüino, se convirtió una de sus aves favoritas. Dichoso pelícano. Lucas nunca estaba seguro de nada, ni de lo que decía ni de lo que había dicho con anterioridad. La memoria no le fallaba, pero sí le fallaban las palabras que se le escapaban como el agua entre sus manos. "Sí, dije eso, pero no quería decir eso". Lucas estaba enjaulado en su lenguaje, gramática y entonación, como todos nosotros, pero él sí que era consciente, y tenía miedo, y quería liberarse de la invisible celda que no le dejaba acercarse a ella ni a nadie. Cada conversación era una pelea, y cada palabra hacia ella era un sendero entre precipicios. Los novios se dieron el Sí quiero, pero ella dudó más que nunca, sudó y pensó que el sol les estaba jodiendo el día, pero llovía más que nunca. Lucas la cogió de la mano y la llevó al jardín, sin que nadie se percatara, y le dijo al oído: "hoy me has liberado. Hoy mejor digamos que no a todo. Digamos que no a las cosas que nos gustan. Digamos no cuando queramos afirmar. Tumbémonos en el suelo y que nos caliente el sol mañana. Que crezca la yerba poco a poco y nos sepulte. O que nos trague con ella".

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