domingo, 14 de abril de 2013

El día que nadie me dijo "hola".

Hoy he tenido una pesadilla, y sé que si la anoto en un posit o en mi libreta nunca me olvidaré. Estaba engañado. Las personas más cercanas, a las que más he querido, me engañaban y yo lo sabía, engaño general, tú me mentías con él, ella me mentía con aquel, y me mentían hasta con cosas triviales, y yo simplemente estaba triste. Me he despertado, y como loco la he buscado por casa, sabiendo que era imposible, pero todo el mundo olvida su parte racional cuando se despierta. Como loco desvariaba. El café que preparo siempre es para tres personas. Por casa encuentro mi libreta de secretos, mi libreta donde apunté las palabras que desconocía, o pedanterías de música, o pedanterías de libros, o cálculos simples, o frases que bien podría haber dicho yo y nunca hice. Abúlico, sentina, beldad, cenobio, asepsia, erístico; Irineo-Rayuela, el primer mal amor de Pola; 143-Rayuela, el capítulo en que me convierto en Traveler y creo que ella es Talita, y esa tercera persona que lo narra tan tan bien que confundo quienes son ellos, los personajes o nosotros, y recuerdo que le pedí que lo leyera, y no le gustó lo suficiente, y no acabó de leerlo, y quise que el mundo me tragara. En mi libreta también hay recuerdos que he olvidado. Encuentro un lápiz, el que no tiene punta, y soy muy sensible a su sonido cuando la mina se arrastra por el papel, no hay vez que la piel no se me erice, y apreto más fuerte y el sonido cambia y no es tan desagradable. No me extiendo: pesadilla-engañado-todoelmundo-tuyel--tuyella-pesadilla-pesadilla. Mi libreta ahora tiene pesadillas. Hace días que no madrugo, hace días que no hago ejercicio, hace días que no estudio, hace días que no voy a clase. Antena 3 me informa de una pandemia de muertes, muertes sin ningún sentido, muertes absurdas y divertidas: aquel político ruso al que se le infectó una herida, el famoso campeón de cricket y las abejas, los peatones de Wall Street y los letales ataques epilépticos, los viejos y su costumbre de tropezar en los puentes, jóvenes con la fea manía de practicar la apnea mientras se masturban. La prensa sensacionalista quizá sea la más objetiva. La televisión es muy amiga. De mis manías, y quizá la más sana, es la de abrir la ventana y desperezarme buscando a personas que también la tengan. Y el día es estupendo, el calor llega con tranquilidad, y el cierzo vuelve a emigrar a la costa para visitar a su amiga la brisa marina. Los días con calma y sus bandas sonoras tristes. En la calle la gente camina de un lado a otro, sin fijarse en los edificios. ¿Cómo no pueden fijarse todos los días en la esquina de la whiskería Privé, o en la esquina de enfrente? Casas hechas con ladrillo, bajas, de colores vivos. A las casas europeas les faltan las ventanas americanas, abrir arriba, cerrar abajo, con la típica maceta, con la típica joven sentada fumando, y tomando café, e inspeccionando el barrio. Malditas ventanas con su idiosincrasia. En los balcones de López Allué también hay que fijarse. La joven en bragas, y con una camisa de hombre está riendo muy escandalósamente en el balcón del primer piso. Está muy contenta, con un cigarro en la mano, borracha de amor y quizá embriagada de alcohol, saciada de sexo y de secretos, cansada de que las mañanas se le hagan tan breves, y tan divertidas. Le está hablando a un hombre, un hombre tirado en la cama con las manos en su nuca y desentendiéndose; o un hombre que se está poniendo los calzones para salir con ella al balcón y fumar y espiar al chino de delante, preguntarse que será del que estaba antes, y sospechar del nuevo porque está siempre fuera de la tienda vigilando las esquinas; o un hombre que le está preparando un intenso café con tostadas con mantequilla. O quizá fuéramos nosotros. No te apoyes que te puedes caer, preciosa. La joven apoyada en la barandilla le hace un dulce gesto al hombre para que se acerque, le ruega con ternura, y bromea con un tonto enfado. La barandilla tiene envidia de ese amor, y la barandilla salta al precipicio porque no quiere seguir viviendo. La joven muere y el charco de sangre llega a la calzada. La sangre llega a la entrada de la peluquería que hay al lado del portal, y el peluquero se entristece porque sabe que hoy tampoco podrá trabajar. Uno de aquellos hombres con los que compartió risas y gemidos salió tras ella, esperando otra broma o otro enfado, inconsciente del peligro, ingenuo con las muertes estúpidas. Qué absurda trampa le habría puesto el destino, el zapato que olvidó recoger, la alfombra mal puesta, o el mundo, sencillamente, se le vinó encima. El hombre también cayó, y con esto la epidemia llega con mucho calor a Zaragoza, a San Antonio Mª Claret. La pandemia es otro anticiclón.

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