sábado, 16 de marzo de 2013
Si hablo de más, pienso de menos.
Le dije que no hacía falta que me comprara eso, esa mierda. Me voy, desde plaza España a casa, y la noche cae pero las nubes sangran y se pintan de color rojo, se colorean para los atardeceres. Noto demasiada humedad. Pienso que el ambiente está cargado, que esas nubes están cargadas de gasolina y simplemente esperan mi chispa para que ardan, para que todo arda, para un cielo en llamas. Sufrir miopía no es ningún handicap, es una bendición para poder andar por la calle y no distinguir las caras, ser anónimo en tu propia ciudad. Podría encontrar cualquier cerilla por el suelo, seguro, en las avenidas grandes la gente pierde sus posesiones, pierde su humor, pierde su identidad, pierde la coherencia, y sigo caminando mirando lado a lado de la acera, tarareo la que podría ser nuestra canción del fin del mundo y sigo buscando entre los chicles pegados y las colillas, los tickets de compra, las entradas de cine. El suelo está lleno de mierda, pero no hay cerillas, o mecheros, o fuego. En la plaza Aragón siempre están los mismos vagabundos, no tristes, siempre bebiendo o durmiendo, y les pregunto si creen que hoy es el fin del mundo, que si esta humedad es de gasolina concentrada en las nubes, que si prefieren cerveza o vino. "Muchacho, yo estuve trabajando en...". Asiento. "Cuando estuve viviendo en...". Asiento, afirmo, qué guapa es la chica que está cruzando la calle. "De verdad, mi ex-mujer fue...". Asiento, afirmo, la noche empuja más y más y estas nubes oscurecen y pierden su intensidad. "Porque chaval, por lo que veo eres muy inteligente y buena persona...". Tengo manía a las personas que sacan conclusiones aleatorias, o simplemente por querer parecer personas más simpáticas y cercanas. Huyo, desconecto de ese interesado, y me pregunto si todavía quedará suficiente gasolina en las nubes para prender toda esta ciudad.
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