lunes, 13 de enero de 2014

Bajas la temperatura hasta paralizar al tiempo.

Hoy no sé, pero no te puedo volver a mirar. Anoche mataste a mi perro, por una de tus rabietas, o por una de tus incongruencias, uno de tus parámetros ha caído en un punto caótico, en un tornado, una ventisca, un maremoto o terremoto, y para mi es imposible estudiar esos casos de inestabilidad. No lo sabrás, porque no eras tú, eras mi cabeza en tu cuerpo y mis miedos vestidos con esas mallas y con pintalabios y el perfume que confunde cuando ando por la calle y es un rastro que podría seguir pero que sé donde me llevaría y dónde no quiero ir, eras todo lo bueno y todo lo malo sentada en una cama llorando porque no estás conforme con lo que significa no y las cosas que no son relativas no las quieres entender. Sin razón, has o hemos apuñalado al perro que nunca he tenido, lo he metido en la bolsa agujereada moribundo, buscando un hospital apto que cerrara el agujero que rezumaba muerte, creo que he dado varias vueltas a la misma manzana, dejando un rastro inconfundible, manchando de sangre las aceras: cada paso que daba ahogaba a mi perro en su propia sangre y en su muerte. Yo no sabía que tenía perro, pero lo has matado y mi verdadera preocupación no era la muerte del animal, sino que tus actos inexplicables puedan deberse al alzar y no a la consecuencia de nada.

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