sábado, 10 de mayo de 2014

Proyecciones estelácteas.

En los bordes opuestos corrijo los cronopios que un día me dibujaste fuera de los márgenes. No los voy a borrar: corren, saltan y si bebo suficiente café y sigo despierto cuando salen a jugar, ellos también juegan, me hablan. Los intenté tachar, pero al día siguiente mi marca estaba debajo, resignada a ser un mero subrayado. Ahora los corrijo con mis propios cronopios, intento que por las noches se relaciones con los tuyos para no sentirme tan mal cuando abro los libros, los apuntes, mi blog, mis cartas. Dibujo autopistas entre los párrafos para que puedan cruzar eternos pasajes de palabrería o estúpidos teoremas. A los míos les he puesto nombres de galgos para que crucen más rápido y que los tuyos recuerden las tardes que veíamos a los de Swindon correr. Te dije que eran herbívoros (o vegetarianos, no recuerdo) y no te hizo gracia imaginarte a sus dueños sometiéndolos, torturándolos, abandonándolos. No te hizo gracia haber puesto unas monedas en sus lomos y obligarles a perseguir ese trapo disfrazado de liebre. Pero cariño, encerraste a tus cronopios en mis hojas, luego en mi cabeza. Cariño, los galgos cuando corren detrás de esa broma camuflada y escondida piensas que esta vez no es como las demás, piensan que la liebre se va a cansar de correr sobre llano y en círculos, piensan que la podrán devorar tranquilamente sin que sus dueños lo sepan, piensan como tú, y como un día llegué a pensar yo, que esta vez sí son libres. Tus cronopios nunca llegarán a ser como un galgo.

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