domingo, 9 de septiembre de 2012
Penas de un incendio.
Siempre supo que ella era demasiado para él, hasta se lo hizo saber. Él, fantástico él, siempre había recibido la motivación en forma de humillación, mediocre era como su madre veía a su hijo en un futuro, también inútil o tonto. "Sube a mi nave espacial", y palpaba la parte del sofá vacía para que ella se sentara a su lado. "Desde mi nave se pueden escuchar a los planetas. Oler el toxicosmos. Si quieres, si lo intentas, puedes situarte en un universo paralelo, mejor, mantener conversaciones sin equivocarte, mantener silencios eternos y decirnos de todo sin hablar, recorrer todos los parques de la ciudad, conocer al metereólogo de tu canal favorito y pedirle que llueva cuando quieras, puedes poner una piscina en mi salón y ver esas películas sin movernos del agua, y con cerveza fría, y tabaco con veneno, y veneno en el tabaco. Puedes acompañarme en mis delirios, te desdoblarás en el tiempo, inventaremos esos rincones de Zaragoza que nunca hemos visto y no apreciamos por no ser una ciudad extranjera. Podemos también fo...", ella no le escuchaba, y él ya sabía que las madres no sé equivocan: "¿No te aburres tanto tiempo aquí, tirado mirando al techo?". No miro al techo, cierro los ojos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario