martes, 7 de agosto de 2012

el sol te vence por la noche, cuando duermes.

Tengo un conocido que vende veranos, da igual cuantos le pidas, él te los consigue y te los vende. Yo una vez le compré, y decidí volver a comprarle. Supongo que tú se lo has comprado, también. Es una suerte que nos haya vendido el mismo, es una suerte, bendita suerte que nos haya vendido este verano. Ya entrado en Julio quise volver a visitarle: véndeme de lo mejor que tengas, sólo puedo darte una atmósfera y un poco de pena, le dije. Tranquilo, es suficiente para que no sea un verano más, me contestó. Abrió su caja de madera, madera conglomerada, tan pequeña y tan valiosa como una caja de puros, y sacó mi verano, sí, cuidadosamente elegido. Yo, inocente, queriendo mostrar impasibilidad e indiferencia, me lo metí en la mochila como un libro prestado o un huevo de avestruz, con un eterno cuidado a que no se desgarraran las páginas de mi verano, o a que se rompiera y se derramara mi verano en el interior de mi mochila.

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