martes, 31 de julio de 2012

las redes sociales son calor humano.

Él sólo se curaba con aloevera, cuando ella le punzabas con sus puñales él siempre corría por el jardín y se perdía en las hierbas hasta que encontraba ese tesoro natural, y arrancaba todas las ramas que le cabían en la mano, las partía y como si de una quemadura se tratase, dolía incluso más, e impregnaba su corazón con ese flujo revitalizador. Dañado y humillado, perdía la fe, huía a su guarida y esperaba a que volviese a llover para sentirse seguro. Ella tenía la culpa. Mr Caldwell siempre quiso destacar, pero nunca le importó no ganar. La conoció, y con su deposito vacío de autoestima, se prometió ser su mejor. Ilusionado le explicó que quería correr y ganar aquel maratón, entrenó y entrenó y sudó y lloró para ser el mejor y Felipa, ingenua como los niños con el agua, recordó que tenía un amigo mucho mejor, que estaba subido en su pedestal de piedras preciosas y podía rozar el cielo con los dedos, que nunca, el pobre Mr Caldwell, podría ganarle. El pobre muchacho, corrió por su huerto, por su jardín, y como un animal a punto de morir, se afanó por encontrar otro matojo de aloevera. Curado y dispuesto, quiso ser el hombre con más conocimiento sobre caracoles de la tierra. Mr Caldwell fue asiduo a la biblioteca, viajó por todas las zonas montañosas de las comarcas vecinas, e incluso invirtió toda la herencia de su padre, ahorcado con una foto de su mujer en el bolsillo, para montar un pequeño laboratorio/observador. Mr Caldwell le contó a Felipa sus ambiciones, que no sus intenciones, le enseñó parte de sus estudios, bromeó con jerga técnica (lleno de energía), y alegre por sentirse el mejor al lado de ella. Felipa, confundida, recomendó compartir su trabajo con su tío, el de Valladolid, el cual llevaba años estudiando los gasterópodos. Su tío, subvencionado por el gobierno y The Natural History Museum de Londres, recorría parte de Europa y África del norte, se dedicaba exclusivamente a estudiar a esos insignificantes bichos, asquerosos para medio mundo. Los cogía, los apartaba de su hábitat y con sus juguetes los observaba, como si nunca hubiese visto uno, después con un pincel los coloreaba, cada clase de un color distinto, y los devolvía a su tierra. Pasados meses o años, retornaba a las mismas tierras y buscaba con ansia a sus viejos amigos, sus amigos marcados, y los volvía a recolectar para una segunda inspección, para ver su evolución. Para Mrs Caldwell eso era un nivel superior, él simplemente había estudiado su anatomía y su localización con los libros de la biblioteca. Mr Caldwell entendió, esta vez sí, que para Felipa siempre iba a estar a la sombra de alguien. Ahora Mr Caldwell no tiene ambiciones, sabe que para Felipa es poco. A Mr Caldwell ya no le gusta el aloevera. Ahora Mr Caldwell disfruta de las cosas simples e insignificantes, como los caracoles, porque sabe que él es insignificante, como los caracoles. Mr Caldwell quería comerse el mundo, pero el tiempo le comió a él. Mr Caldwell cría vaquetas, y los suelta para la gente ambiciosa, como lo fue él.

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