viernes, 6 de julio de 2012

Nuestro plan.

Bien, hoy puedo hacer historia. Animado por el asombro de mis amigos, decido mostrarles mi don al mundo, maravillarlos con mi desdichada virtud, y enseñar lo repugnante que pueden ser la mayoría de las personas. Millones de espectadores me observan, miles sentados enfrente mio, centenares oponiéndose fuera, y les veo el miedo en sus ojos, y me gusta pero me inquieta. Desnudo, completamente desnudo, sin ropa interior, con el índice y el corazón, como un mago mostrando su sombrero y sus mangas, les muestro sin razón alguna mis dedos, mi arma. Me pediste que no lo hiciera, y delante de mi, detrás del cámara, sigues llorando y suplicando y llorando, que no lo haga más. Siento pena. El presentador, tras un discurso moralista, quizá existencialista, no lo sé bien, me presenta como un joven cualquiera, un posible Dios. "Con ustedes, B.". No sé qué hacer, como asombrarles más. Localizo a un viejo en la segunda fila, posiblemente sea abuelo y tenga una vida feliz, pero quiero pensar que está solo y no le gusta su vida. Lo señalo. No entiende, se empieza a poner nervioso, llora. Con el índice y el corazón, como si de un tirachinas se tratase, me introduzco los dedos en la boca, y el viejo se desvanece, muere. La gente calla, tu lloras y lloras y ellos siguen estupefactos. Algunos están en estado de shock, otros disfrutan, otros necios piensan que es una broma. "Oye picha corta, no nos robes el dinero, esto estaba planeado". No me gusta como viste, pienso que es mala persona y señalo a su acompañante, y ambos silencian y se bloquean por el pánico. Vuelvo a introducirme los dedos y la joven empieza a gritar y se desvanece, muere. Él no se lo acaba de creer, la toca y la acaricia, y la acaricia como yo te acaricio cuando vemos esas películas modernas, esos filmes con tantos entresijos y yo nunca entiendo. Y me arrepiento de haberlo hecho, quizá debí matarle a él. El mundo vuelve a silenciarse, los cámaras no saben donde enfocar y tu sigues llorando y llorando y suplicando que pare. Se escucha algún grito, el pánico empieza a despertar de su intensa siesta, y el muchacho, no conforme con su valentía y estupidez, cree que puede tocarme o dañarme, y corre hacia mi y yo vuelvo a meterme los dedos y vuelvo a matar. A la gente ya no le hace gracia mi juego y quiere huir, pero no me parece justo que ellos vivan y el viejo o la joven mueran. Repito el truco de los dedos y odio a todos, y me odio a mi, y vuelvo a matar, y vomito hasta quedarme sin fuerzas. Ya no se oyen gritos, sólo tus lloros, y voy a buscarte para decirte que ya todo ha pasado, que no volverá a ocurrir, que no lo volveré a hacer. Tranquilízate, estoy aquí. Tranquila, destruiré todos los imperios, tranquila. Vamos al coche, tengo ese disco que tanto nos gusta.

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